La polémica desatada en redes sociales por las represiones racistas de la migra yanqui derivó en un episodio que sólo en apariencia es inocuo: la agencia gubernamental ICE (Inmigration and Customs Enforcement) pasó ya oficialmente a llamarse NICE (lo mismo, pero antecedido de un adjetivo que en este caso es superfluo: National). Bastó, pues, con haber agregado una letra a sus siglas, una vil N (que en contextos matemáticos simboliza una cifra indeterminada, y por eso hablamos de “ene” cosas o de equis número elevado a la “ene” potencia), para que la migra, literalmente, migrara del ice (el frío) a lo nice (lo agradable).
Sí, de acuerdo, como buen proceso sociocultural, el lenguaje cambia con el paso del tiempo. No siempre, sin embargo, tales mudanzas conceptuales surgen de manera espontánea a fin de adaptar su contenido a los hechos reales. Por el contrario. Se sacan del sombrero del mago, se alteran con el objetivo de tergiversar los hechos, manipularlos, acomodarlos a modo o, si bien les va, desdibujarlos a través de una coraza semántica. Es un fenómeno cada vez más extendido por el mundo entero. Y si en todos los países se cuecen habas lingüísticas, en Gringolandia también a costaladas.
No hay modo mejor de llamar a esto que el de dorar la píldora. Como si la migra tuviera un sabor más grato o fuese menos difícil de tragar, sólo con injertarle una letra al inicio de su acrónimo. Como si de esta manera se neutralizara la toxicidad que caracteriza a sus actos violentos, impunes para las propias leyes vigentes de allende el Bravo. Como si, una vez rebautizado el ente represor, desapareciera por arte de magia la angustia que suscita en nuestros paisanos, aun los que ya cuentan con papeles de residencia o habitan en ciudades que hasta hace poco recibían el divinizado título de santuarios.
Arma muy filosa, tanto o más que la espada o el machete, ha sido siempre el idioma. Quien sabe blandirlo es capaz de asesinar mediante una altiva emisión de voz, una grosera orden ejecutiva, un exabrupto en su cuenta internética. Paradigma suyo es el actual ocupante de la Casa Blanca, sin olvidar los corifeos subordinados que ha puesto (y depuesto a las primeras de cambio, por quítame acá estas pajas). Recurre al lenguaje para humillar, someter, agredir. Descuartiza moralmente a propios y extraños. No reconoce más límite que su patética egolatría. ¿Habrá otra lengua tan dañina como la de este ogro político?
Las redadas, encarcelamientos y deportaciones en la Unión Americana no reducirán su incidencia porque la institución avocada a ellas responda, no a otro nombre sino idéntico al anterior, adjetivado de aquí en adelante como nacional. Se trata de un disfraz maniobrero para hacer más “agradable” su denominación abreviada, no sólo para taparle el ojo al macho. La inhumana política migratoria trumpista seguirá siendo un hielo quemante y resbaladizo. Ah, pero eso sí, ahora se escucha más nice; o como acostumbramos decir en Mexicalpán de las Tunas: más pípiris nais.
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