DANIEL-FRAGOSO-EL SURTIDOR

Daniel Fragoso Torres

Nudo de sentimientos

El Surtidor

Daniel Fragoso
Mayo 10, 2026

El 22 de enero del año 2019 murió mi madre. Desde ese momento hasta ahora, no ha transcurrido un solo día de mi vida en que no me haya hecho falta su presencia. No importa la edad que se tenga, en cualquiera de los casos, el orden natural de la vida indica que cuando muere la madre, algo dentro de sus hijos se desintegra con ella. El alma de los descendientes directos se fragmenta, se rompe, su totalidad se reconfigura, porque, aún sin entenderlo, se sabe y se siente que se ha perdido aquello que les permitió ser arrojados a este mundo.

Hace veinte años murió la madre de mi padre, en aquel tiempo, no alcancé a comprender el golpe tan fuerte que fue en su vida el haberse quedado sin una de las personas que él más amaba. Ahora lo comprendo porque sé lo que significa una pérdida de esa naturaleza. Sólo el tiempo enseña aquellas lecciones que ya te fueron dadas pero no aprendidas.

Después del fallecimiento de mi madre, me costó mucho trabajo reconstruirme, entender que permanecía en este plano existencial para algo que aún no se me había revelado.

Escribo esto con la incomodidad de la costumbre de tener que pensar en ello: no había entendido nada de lo que podía ser la vida hasta que murió mi madre y nació mi hija. Este nudo de sentimiento que me asfixia las emociones me mueve a intentar liberarlo en estas líneas.

Mi madre no tuvo una madre presente. Su mamá la dejó muy niña en casa de su abuela y no volvieron a encontrarse hasta que mi mamá ya era un mujer casada y con hijos. Quizá por ello, ella estaba empeñada en hacer todo lo que fuera necesario para demostrar su amor y cuidar a sus hijos.

No soy diferente a otros seres humanos, amé, amo y amaré a mi madre. En algún momento fui un buen y un mal hijo. Le otorgué disgustos y satisfacciones a y hoy trato de honrar su memoria pensando en las cosas buenas que me heredó como persona. Trato de honrar su memoria intentando ser un buen hombre que se compromete con la realidad que le circunda.

Amé, amo y amaré a mi madre con la misma fuerza con que ella permaneció erguida ante las vicisitudes de educar, guiar y acompañar a sus cuatros hijos. Con la misma fuerza con la que formó un hogar. Con la misma fuerza con la que decidió partir de ese hogar y seguir viendo a la distancia cómo sus hijos forjaban sus propios hogares. 

Amo a mi madre porque me enseñó el amor por la palabra, por la lectura y el respeto a la hoja en blanco. Por el tiempo que pasó jugando con mis hermanos y conmigo. Por demostrar su amor en cada platillo que cocinó para nosotros. Por cada palabra de aliento que nos dio y por cada palabra de orientación. Por su estricta manera de educarnos. Por haberme hecho un hombre estructurado y, sin ella saberlo, por haberme enseñado a tomar decisiones informado y no desde las vísceras. 

Hace cinco años escribí estos versos que me han seguido acompañando: “Estoy aprendiendo a vivir bajo el hostigamiento de la luz,/ a contener mi odio al mundo/ y ser feliz con las cosas sencillas./ No hay más que decir:/ después del naufragio/ voy asimilando el amor,/ el miedo y las palabras que me enseñaste, madre”.

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