Enrique Rivas columna Vozquetinta

Enrique Rivas

¿Soy diverso? Luego, existo

Vozquetinta

Enrique Rivas Paniagua
Mayo 31, 2026

Asocio el Renacimiento a la idea de totalidad; o mejor: de totalidad diversa. Esa vocación de ser total a través de lo diverso, de transitar receptiva y creativamente por el mayor número posible de veredas del conocimiento. Servirse de la historia y la geografía como remos de la barca de la cultura. Navegar en el mar de la literatura para arribar a los puertos de la música, del lenguaje y de la ciencia. Concebir una obra fílmica, una muestra museográfica, una sesión concertística, una lectura íntima, una exhibición fotográfica, como viajes polifacéticos por el arte de la existencia.

Aquel espíritu renacentista de un Miguel Ángel, un Leonardo y tantos otros artistas, genios del todo múltiple y arquitectos de la integridad. Cuando ser sabio en la pintura y la escultura equivalía también a ser creador o recreador de espacios, innovador de técnicas, inventor de aparatos científicos. Cuando cultivar el conjunto del saber era un acto exhaustivo, aprovechable desde el primero hasta el último surco, no dividido en parcialidades o estancos. Cuando nada parecía ajeno o prohibitivo a la necesidad genética del ser humano de explicarse el mundo que lo rodea y lo determina.

Aplaudo por eso a quien hoy, como si aún viviera en el Renacimiento, se desenvuelve en la pluralidad: al literato que además es melómano, al cineasta que encima la hace de historiador, al matemático que también es experto en gastronomía. Admiro a quien sobresale en campos a los que poca gente o nadie suele asociarlos: al novelista Rulfo, fotógrafo; al pintor Murillo, alpinista; a la periodista Poniatowska, pintora; al ensayista Montemayor, cantante de arias; a la astrónoma Fierro, divulgadora de la ciencia; al rockero-biólogo Arana, caricaturista. Dentro de mi imaginario, gracias a sus multiplicidades expresivas, engrandezco la figura única en que la fama los ha encasillado.

Ahora, por desgracia, escasean tales seres dignos de empatía por el único hecho de su devoción hacia la diversidad. No se dan en maceta, como sería de esperarse en esta época de alcance inmediato de casi cualquier información mediante el internet. La postura filosófica contemporánea parece centrarse en aquello de «consumidor (que no aprendiz) de todo y oficial de nada», o si acaso, en la limitativa, y a la vez conformista, muletilla clásica de «zapatero a tus zapatos».

Un ejercicio natural, alentador, al que ninguna inteligencia artificiosa puede sustituir. Una vocación que en poca gente se despierta porque el entorno de lo fácil y lo desechable la adormece. Un modo más integral, trascendente, satisfactorio de ser. Otro gallo nos cantaría si la pluralidad renacentista volviera por sus fueros y se extendiera, siempre y cuando, claro, no derivara en un peligroso renacentrismo.

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