Hoy, agosto 9, es el Día Internacional de los Pueblos Indígenas. Cualquier cosa que signifique tan apantallante titulazo, ¿con qué demonios se come? Existen diversos menús, a cuál más pretencioso, dependiendo del gourmet que organice la comilona y qué tanto rebumbio quiera lograr con ella. Porque de eso se trata, de hacer ruido, de lucirse, de acaparar la atención, de aparentar compromiso —diferenciado, por supuesto— con los pueblos a los que hoy en día se les aplica el dizque correcto, pero absurdo, eufemismo político de “originarios”. Veamos los platillos posibles.
El sector politicastro dirá que un banquete así no se entiende sin algún acto masivo en una zona rural, con discursos huecos, plagados de lugares comunes y anuncios de nuevas partidas presupuestales de tinte clientelista. El sector culturoso organizará un festival donde “rescate” —¡otra muletilla mal empleada! — la danza, la música, la artesanía, la gastronomía, la medicina tradicional, los rituales agrícolas. Y el sector academicista aportará un ciclo de conferencias, salpimentadas con los oscurantistas rollos teóricos comunes en el medio, o un conversatorio —como está de moda nombrar a lo que antaño era una simple mesa redonda—entre expertos indigenólogos o, si a esas vamos, originariólogos.
Imposible fingir demencia, sobre todo en paisajes callejeros del Centro Histórico y otros escenarios simbólicos de la capital del país, ante el sector folcloroide. Me refiero a ese sector que supone ser descendiente directo de paradisiacos tiempos prehispánicos, el que se envuelve en humaredas de copal, el de meshicatiahuis emplumados, el del implacable tamtam del huéhuetl y el agreste chinchín de los tenabaris. Si una cotidianidad así ya es intrínseca, inseparable del idílico México tenochtitlanizado (hoy también ajolotizado), con mayor razón ha de servir como panegírico de esta fecha indigenista.
A todo esto, ¿conocemos realmente nuestros pueblos indígenas, su vida cotidiana, sus pensamientos, sus usos y costumbres? ¿Hemos nacido, vivido o trabajado cierto tiempo en alguna localidad con tal característica? ¿Somos conscientes de que en la variante dialectal mexicana del idioma español proliferan los indigenismos? ¿Al menos nos damos cuenta de que en los estados de Puebla, Tlaxcala, Veracruz, Guerrero e Hidalgo abundan los apellidos indígenas del náhuatl, y en Yucatán y Sonora los del maya y la cahíta?
Dejo abiertas estas interrogantes a la conciencia personal y colectiva. Allá cada quien se responda sin evadirse. Y que, por favor, no recurra a estereotipos o terminajos vacíos con facha de profundos, ni solamente en días como hoy. Lo indígena no debe ser una efeméride sacada del morral mexicanista, sino una categoría existencial que amerita mucho más que un simple choro ideologizado.
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