Vozquetinta cumple hoy un sexenio justo de existencia, o dicho con exactitud numérica: 309 columnas dominicales que comenzaron el lejano noviembre 8 del pandémico 2020. Semana a semana, sin haber fallado ni una vez, he sudado la gota gorda para escribir en mi laptop una cuartilla y media de texto, siempre buscando un tema inédito o poco tratado, u ofreciendo un enfoque diferente al que otros opinadores aplican al tópico de moda. La nota del día, sí, sobre todo en materia política; pero también he dedicado artículos (y no en una ni dos ocasiones, como los pocos lectores que me siguen ya lo habrán notado) a un asunto harto resbaladizo: la dicotomía existencial Pasado/Presente, tan ideal aquél como desilusionante éste. Si no en estos apapachadores espacios hidalguenses de La Jornada, ¿dónde más podría yo desahogar mi reflexiva vetarrez?
Y aquí sigo, luego de seis noviembres. Para colmo de vocaciones vitales, aquí seguiré (lucidez senil mediante, claro). Haciéndola de juguetón de nuestro lenguaje, de intransigente ante la chambonería, de renuente a vender mi primogenitura creativa a la IA por un insípido plato de lentejas. Reacio al silencio cómplice, tanto o más que a la autocomplacencia y a la espera de empatía hacia el columnista. Consciente de los numerosos peligros que corro por exteriorizar en un medio de comunicación lo que pienso; pero libre, sin ataduras ni deudas con nadie. Porque desde mi adolescencia me encapriché en vivir profesionalmente en libertad y mantenerme del mismo modo cuando llegara el tiempo de peinar canas.
Desde el punto de vista etimológico, conmemorar no significa forzosamente ‘celebrar’, ‘festejar’ o ‘agasajar’, sino tan sólo lo que su nombre indica: con-memorar, es decir, ‘hacer memoria conjunta’. Hoy no encontré forma mejor de conmemorar este sexto aniversario que la de exhumar de mis archivos de computadora la memoria de aquella primera columna, de apenas tres párrafos de largo, y recircularla, sin actualizaciones, sin haberle quitado una coma ni puesto otra. Hela aquí, a guisa de acta de nacimiento, de selfi o de periodística definición de mí mismo, comenzando por su título, “Sesentero setentón”:
«Aprendí a flotar en el pantano de los años sesenta. Según mi CURP, sumo setenta diciembres de edad. Si hoy corto este listón inaugural con las tijeras de una confesión de vida es para dejar, a priori, mis cartas sobre la mesa. Mis cartas y mis karmas de libertad, endiosados en utópicos ayeres: el prohibido-prohibir, el seamos-realistas-pidamos-lo-imposible, el la-imaginación-al-poder.»
«En vez de agua lustral me bauticé con tinta de imprenta periodística. La primera comunión en la radio la hice un poco tarde, pero ratificó mi sacerdocio por el habla. Me casé con la lectura y la producción libresca. Tengo hijos e hijas igual de culturófilos. No alcanzo el currículum literario para pensar en la jubilación. Y el acta mortuoria aún tardará en escribir mi nombre (lo dicho: soy realista, pido lo imposible).»
«Si el verbo tintar, reza el tabicón académico, significa “dar a algo color distinto del que tenía”, Vozquetinta quiere aplicar otro color a tal vocablo dominguero. Para celebrar la octava de la fiesta de la palabra con una procesión por el atrio de La Jornada Hidalgo.»
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