Antes de su inauguración, el campeonato mundial de futbol empezó a generar imágenes llamativas y no precisamente por su calidad publicitaria, tampoco por retratar la naturaleza deportiva de la justa; circunstancias colaterales llamaron la atención de otros espacios y atrajeron el análisis desde diferentes perspectivas.
En esa mirada amplia, el tema se fue desgajando: de las cifras proyectadas de personas aficionadas provenientes del extranjero, a una drástica reducción frente a los número reales de visitantes, con la inevitable pregunta ¿quién hizo las alegres proyecciones; luego los elevados costos, imposibles de pagar por la gran masa de la afición nacional.
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Siguió el enrarecido ambiente en la capital, provocado por reclamos gremiales y demandas de atención a temas tan sensibles como la búsqueda de personas desaparecidas, unas abiertamente con ánimo de sabotaje, otras con el de visibilizar internacionalmente su reclamo; sumado a ello algunas desafortunadas respuestas de la autoridad.
Otro tema, a veces magnificado en la discusión pública, fue el retraso y la improvisación de la infraestructura necesaria para solventar un proyecto de gran calado como este; igual su deseable y anunciado impacto social en todas las poblaciones del país.
En un tono relevante se puso en el centro del debate la presencia y participación de la jefa del Estado en el escenario mundialista. Argumentos de todos colores y variados matices llevaron la discusión – quizá sin proponérselo – al ámbito constitucional del presidencialismo mexicano con un discurso crítico centrado en la ausencia protagónica de la presidenta de la república, fundado en tradiciones y antecedentes históricos; pero poco perceptivo del mensaje pretendido desde Palacio Nacional, e insistente en otro de debilidad.
Transcurrido el protocolo inaugural y el triunfo de la selección mexicana la animosidad fue otra, exultante, a plenitud en el festejo lejos del estadio; la multitudinaria presencia en el Paseo de la Reforma para festejar el triunfo nacional no necesita explicaciones, fue contundente explosión jubilosa de nacionalismo, de mexicanidad.
Allí no fueron tema jugadas ni goles, calidad del equipo adversario, tampoco del propio; poco interesaba para ese momento la interpretación del himno nacional o la fulgurante estrella invitada. Sin importar quiénes rodeaban a quiénes. La estampa es, hoy por hoy, la mejor, por su naturalidad, la igualdad de sentimientos, el coro sin necesidad de dirección; mezcla cohesionadora de las diferencias de cualquier naturaleza, sin boletos, invitación u obligación, sin discursos ni atengas. La imagen tricolor de una muchedumbre incansable para gritar a una sola voz: ¡Viva México cabrones¡, nada más.
Recién se publicó en México Cómo ser un ciudadano. Seis lecciones para un mundo nuevo en paz (Paidós, 2025) de la constitucionalista Cindy L. Skach, profesora emérita de Derecho del King´s College de Londres y profesora de Ciencias Políticas en la Universidad de Bolonia. Lo traigo a colación porque uno de los planteamientos de la autora va precisamente en sentido de reconocer las posibilidades de la unión ciudadana: nuestra complacencia ciudadana, dice, nos ha llevado a escondernos detrás de la ley, y de lo que podemos hacer al respecto hoy, juntos, de forma constructiva y sin violencia.
Skach puntualiza su propuesta: cuando disponemos de tecnología sin precedente, conectando a personas de todo el mundo, estamos en el momento de salir de esa estrecha caja de leyes y normas y liderazgo jerárquico, a todas luces insuficiente, para hacer funcionar la democracia de forma distinta: ciudadano a ciudadano.
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El norte propuesto, en la sexta de las lecciones, es inculcar desde la edad más temprana, a través de la educación, las otras cinco: No seguir ciegamente a los líderes, mejor actuar como una burbuja empática y cooperativa; Ejercer nuestros derechos con responsabilidad, restringiendo los propios para que otras personas disfruten de los suyos; Frecuentar las plazas, pues el espacio público es un buen maestro donde mucho podemos aprender; Cultivar y compartir nuestros propios tomates, siguiendo la máxima: “Lo que se hace para los habitantes, pero sin ellos, a menudo se hace contra ellos”; y Optar regularmente por la comida étnica como algo simbólico, crear un puente para ver al “otro” como alguien interesante e igual a nosotros.
Seguramente en los días siguientes el innovador campeonato mundial de futbol, en sus tres sedes dejara apreciar más lecciones. Por lo pronto: ¡Vámos México!
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