Enrique Rivas columna Vozquetinta

Enrique Rivas

Los estadios de la mente

Vozquetinta

Enrique Rivas Paniagua
Junio 21, 2026

La afición japonesa decidió rebasar el hecho, hasta cierto punto mecánico o banal, de acudir a un partido mundialista de futbol. No le importaría tanto, pensó, ir a ver que el equipo de su país ganase, empatase o perdiese, como la manera en que ella misma reaccionaría después del triunfo, el empate o la derrota. Así, el balón pateado por 22 jugadores durante 90 minutos lo convertiría en pretexto purificador. Para ello dispuso llevar cientos de bolsas de plástico donde pepenó, al término del encuentro, las montañas de basura producida en las tribunas por su propia —y de paso la ajena— fanaticada.

(Tan insólita conducta me hizo recordar el partido que decidiría la medalla de bronce futbolística durante la Olimpiada de 1968. La equiparé a la reacción que tuvimos no pocos compatriotas, yo entre ellos, cuando brindamos en el estadio de Ciudad Universitaria nuestro más efusivo aplauso a la selección de Japón por haberle ganado con pundonor a una timorata, mediocre y, por lo mismo, desechable selección de México. Toda proporción y circunstancias guardadas, aquella fue una actitud mexicana similar a la gratitud con que hace unos días el mundo reconoció a los seguidores presenciales del futbol nipón.)

Convendría extender a otros campos de la existencia personal y comunitaria eso de limpiar por iniciativa espontánea un estadio al concluir cualquier espectáculo deportivo. Un gallo muy distinto nos cantaría en la mente si, en vez de dejar la basura existencial regada por el suelo o esconderla bajo la alfombra después de sufrir una experiencia ingrata, triste o dolorosa, la recogiéramos en bolsas adecuadas para trasformarla con el tiempo en humus y, por tanto, en fertilizantes de renovadas actitudes ante la vida. Suena romántico, lo sé, incluso utópico, pero al menos nos serviría para enfrentar los problemas cotidianos con un manejo más sano de la conciencia.

Nuestros estadios mentales merecen una suerte mejor que la de servir de basureros, aunque no hayamos tenido el éxito que buscábamos o creíamos merecer. Más allá de que los desperdicios dejados en las gradas no son intrínsecos e inevitables a la pasión que suscita cualquier deporte, por espectáculo-mercancía que sea, está el componer la cruda residual que de todas maneras deja la basura en el ambiente y en el cerebro. Cuestión de equilibrio ecológico y a la vez sicológico, porque sin éste ahondaríamos las causas que más contribuyen a contaminar aquél.

¡Qué gran gol metieron los fans del país del Sol Naciente! Ahora toca a quienes, lejos de cualquier nacionalidad, gustan de asistir a los estadios, demostrar que lo sucedido no fue una simple anécdota, y que quienes comparamos la vida con una justa apliquemos, por salud espiritual, la misma estrategia higiénica al jugarla. Como reza el avasallador y cada día más omnipresente estribillo: “¡Ay, ay, ay, ay, canta y no llores, porque cantando se alegran, cielito lindo, los corazones!”.

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