Enrique Rivas columna Vozquetinta

Enrique Rivas

El síndrome de celularitis

Vozquetinta

Enrique Rivas Paniagua
Mayo 3, 2026

Manejo con dificultades el celular. Entre la natural torpeza de mis manos, malacostumbradas de por vida a la escritura manual o en máquina de escribir, no a la manipulación de botones, es la fecha que aún no le hallo la cuadratura al círculo del mentado telefonito portátil. Medio le entiendo a dos que tres programas suyos, los básicos para poder trabajar y estar en contacto con familia y amistades; sin embargo, no uso ninguna de sus aplicaciones de fábrica porque me sirven (salvo la cámara fotográfica) para maldita la cosa.

Fue la canija necesidad derivada de la pandemia la que me impuso volverme un Homo celularicus. De no echar mano de un rústico celular (que entonces ni eso me interesaba tener), no habría podido grabar mis emisiones radiofónicas, porque los estudios de Radio Educación estaban cerrados y todo había que producirlo a distancia, en casa, aunque sin la maquinaria mínima, no digamos ideal, para estos avatares. Así duré más de dos años.

Después, ni cómo desentenderme de este otro-yo tecnológico. Ya lo había vuelto mi segunda piel.

Contradictorio pero cierto: mi fobia hacia cualquier tipo de esclavitud o dependencia no evita que ahora sea yo un reo más de ese chato, rectangular, deslumbrante tirano de ciencia ficción. Lo malo es que ni siquiera sirvo como buen prisionero. Repito: soy punto menos que inoperante. A duras penas sé teclearlo y entrar ocasionalmente a alguna plataforma accesible. Para colmo, siempre estoy temeroso de equivocarme en los teclazos y borrar todo sin querer, o no saber ni cómo regresar adonde estaba, lo que me convertiría en un náufrago en el océano de la incomunicación.

¡Qué de galimatías, qué de oscurantismos, que de redacciones hechas con las patas hay en sus autopistas informativas! Y eso de que a las primeras de cambio altere sus reglas de presentación gráfica, me impide visualizarlo y entenderlo de inmediato. A veces siento incluso que a propósito me saca la lengua, que se burla groseramente de la prehistoria en que crecí como emisor y receptor de mensajes. De ahí mi precaución a caer en sus tentáculos y trampas. De ahí, también, mi intuitiva resistencia.

A este paso no está de sobra considerar la creación de una agrupación de Celuláricos Anónimos. La única condición para ingresar a sus reuniones sería, desde luego, olvidarse por completo del celular. No portarlo, ni apagarlo o ponerlo en vibrador siquiera. Como cuando el mundo entero sobrevivía milagrosamente sin su cruel y ahora inevitable dictadura. Porque en estos tiempos de neuróticas redes sociales, un día exento de este juguetito equivale a una jornada de paz interior, tan escasa ya en el mercado de valores humanos.

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