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El infierno ante nuestros ojos

Viñetas

Redacción
Abril 16, 2026

A. Gaza, agosto de 2025.

Una mujer arrodillada observa de cerca el torso desnudo y famélico de una niña de pie. La delicadeza con que sostiene la blusa para descubrirla y el desconcierto que cruza su semblante hacen suponer que es su madre. La mira igual a un niño que contempla su juguete favorito hecho pedazos sin saber qué hacer ni cómo repararlo.

La niña, en cambio, de espaldas y con la blusa arremangada hasta la cintura, deja tranquila que su madre haga lo que tenga que hacer. Porta un pantalón de mezclilla deslavada que hace juego con el moño azul hecho flor que luce en su cabeza, rodeado insólitamente de zonas calvas.

Los huesos de la espalda y del brazo sobresalen en toda su composición y detalle bajo una piel sumida en su propio esqueleto. Increíble verla de pie.

Con la mirada fija en su madre ha puesto la mano en su hombro, como hacen los niños cuando uno más grande se agacha para amarrarle los zapatos. Pero más que ese modo infantil, su expresión es seria y compasiva, quizá inconsciente, quizá pensando: “No pasa nada, mamá, estoy bien”.

B. Gaza, 24 de abril de 2025.

“Mira con atención”, y no más, advierte la leyenda.

Pero en la foto sólo se ve un inmueble bombardeado que a primera vista no muestra mucho: una antena parabólica destrozada, cables atravesados y, sobre el piso, fierros rotos, pedacería de concreto y un par de bultos de ropa sucia, separados uno del otro.

“Mira con atención”, insiste la advertencia, forzando a la vista a girar hacia uno de los bultos, el del lado izquierdo.

Entonces se va entreviendo que lo que ahí está no es un bulto de ropa, sino un niño acostado boca arriba, apenas distinguible por la capa de polvo que lo cubre.

Tiene los ojos cerrados y los brazos extendidos, como si durmiera. Las piernas parecen metidas en el piso, pues no se ven, acaso porque un misil hubiera hecho un hoyo y, en la desesperación por salvarse o por una ridícula casualidad, estuviera ahí metido.

Pero la explicación resulta absurda. Hay algo más, algo que la razón no encuentra pero que infunde miedo.

Y es en ese afán por saber que la vista salta a la derecha para comprender, con un horror que se encaja en el estómago, que el otro bulto tampoco es ropa, sino las piernas amorfas y sanguinolentas del niño que ha sido partido en dos.

C. Gaza, 19 de marzo de 2025.

Tres pequeñas de entre diez y doce años posan de frente y muy juntas en una toma que solo deja ver sus caras.

Las de los extremos, gemelas, ladean sus cabezas hacia la del centro, más chica. Las tres miran fijo a la cámara y, con las cabelleras alborotadas y las caras tiznadas, parecen salidas de los escombros de una chimenea o un derrumbe.

Imposible ver dónde están, porque un gran lienzo —o lo que sea que hayan puesto detrás de ellas— oculta el fondo: una especie de tela gris con rayitas blancas verticales que semejan lluvia o cientos de misiles cayendo.

Se sabe, sin embargo, que sobreviven a la hecatombe de una guerra genocida. Hambre, sometimientos, despojos, desplazamientos, degradaciones, muchas muertes y todos los sufrimientos inimaginables pero posibles comenzaron a vivirlos siendo niñas.

Al momento de la foto despuntaban en la adolescencia, etapa en la que la vida futura suele construirse de sueños.

Tristemente, en estas tres pequeñas es el infierno el que se desborda a mares a través de sus lacónicos ojos color aceituna. Sin embargo, para maravilla y aliciente del mundo en tinieblas, eso no impide que esbocen una luminosa sonrisa.

Apenas descritas, porque las palabras no alcanzan, estas tres imágenes, extraídas por la lente del periodista Yousef Alhelou, son sólo un ápice del infierno que los gobiernos de Netanyahu y Trump han dejado en Gaza.

Un infierno que ha arrasado hogares, escuelas, hospitales, templos y todo lo construido durante años, para montar ahí, sobre los despojos del pueblo que exterminaron, una ciudad turística de alto nivel para beneficio de grandes oligarquías.

En unos cuantos meses, múltiples hechos han evidenciado una escalada de violencia y tensiones en distintas regiones, reflejando la fragilidad del orden internacional y la ausencia de consensos efectivos.

¿Está todo perdido? No, siempre que la costumbre al dolor no termine por anestesiarnos y nos deje con el corazón inerte, resignados y ajenos a la oscuridad que cae sobre el mundo.

Y siempre que, con pensamiento crítico, seamos capaces de cuestionar las dinámicas que generan pobreza, opresión y exclusión, y entendamos que la esperanza no es un concepto hueco, sino una fuerza que impulsa la resistencia, la palabra y la acción.

La historia muestra que nunca está todo perdido.

En septiembre de 2000, en Serbia, un movimiento estudiantil logró movilizar a cientos de miles de personas y derrocar a Slobodan Milošević mediante estrategias no violentas.

En México, el EZLN visibilizó la marginación de los pueblos indígenas, mientras que los movimientos feministas han impulsado avances significativos en derechos y legislación.

La maldad existe, pero también el coraje, la solidaridad, la empatía y la movilización.

No se trata de tomar un fusil, sino de no callar. De no acostumbrarse a la injusticia ni a la violencia. De no seguir de largo como si nada pasara.

Porque si ignoramos el valor de la existencia ultrajada, entonces la muerte también nos habrá alcanzado.

Por: Alejandro Bellazetín

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