Las fronteras físicas resultan insuficientes para defender la soberanía nacional porque el concepto del siglo XVI alcanza otra dimensión. La explicación es elemental: no solo la fuerza militar posibilita una presencia ajena dentro del territorio de cada país; muchos más elementos impactan en la vida de sus habitantes, también en su economía y cultura, en su salud y acceso a la justicia.
Ese proceso inició al finalizar la Segunda Guerra Mundial con la modificación del mapa geopolítico del mundo decidida por los vencedores, quienes así cambiaron en una negociación sobre la mesa, el destino de los vencidos, sujetándolos a su triunfo. El Tribunal de Nürenberg juzgó los crímenes de la guerra, el Muro de Berlín delimitó zonas de influencia oriental y occidental en Alemania, la occidentalización de Japón conducida por el general norteamericano Mc. Arthur, y las mutaciones al territorio italiano, fueron los productos iniciales del nuevo orden.
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Siguió la consolidación del multilateralismo hacia las prácticas supranacionales desde organismos cúpula, la Organización de las Naciones Unidas y su sistema, el más importante; entre sus resultados inmediatos la creación del Estado de Israel, motivo de un conflicto en el Medio Oriente cercano a los ochenta años, también la conformación de fuerzas militares conjuntas: la Organización del Tratado del Atlántico Norte, OTAN.
De aquel nuevo contexto surgió la Corte Internacional de Justicia, la Organización de los Estados Americanos y dos décadas después, en 1969, el sistema protector para la región con su Comisión Interamericana de Derechos Humanos y la Corte Interamericana de Derechos Humanos, establecidas en el Pacto de San José cuya vigencia pudo iniciar hasta nueve años después cuando todos los países lo ratificaron. Así se crearon otros tribunales regionales y algunos especializados: el Tribunal Internacional de Derecho del Mar, en 1982, y la Corte Penal Internacional, en 1998, por el Estatuto de Roma.
La necesidad de su reconstrucción, generó en Europa mecanismos facilitadores del comercio, adoptándose el modelo de comunidad; la del Carbón y el Acero fue el origen del ejemplo más acabado de una novedosa concepción de la soberanía: la Unión Europa, vigente a partir de 1993 con el Tratado de Maastricht, tras un proceso de cuarenta años, cuya evolución fue de lo comercial a lo político y aceleró la globalización. Si bien no fue esa su motivación, nuestro país se subió en la ola con la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, NAFTA, vigente desde 1994 y transformado en 2020 en T-MEC. Fue confirmación, ésta más cercana y actual, de la evolución del paradigma de la soberanía.
Es recuento suficiente para explicar el tema; pero sería incompleto si no incluye el impacto de la evolución tecnológica y fenómenos como el cambio climático, ahora determinantes para decisiones y políticas regionales y globales, a pesar de la merma del fenómeno globalizador ante la polarización económica en curso a partir del protagonismo de China, aceptado incluso por el presidente Trump. Basta observar el desempeño de cualquier familia para calibrar la dependencia de su vida diaria a factores externos y la imposibilidad de las fronteras para detenerlos; así también, en las calles, los efectos de una migración creciente en las poblaciones, con las consiguientes alteraciones a la convivencia social y la gobernabilidad.
Son, a diferencia de los antecedentes citados, procesos de velocidad acelerada y resultados inmediatos, tanto como incontenible es el avance e imperceptible su asimilación. No por nada los principales desarrolladores de la Inteligencia Artificial han coincidido en la conveniencia de desacelerar su avance ante la preocupación por los riesgos para la humanidad.
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El panorama urge a generar otras fronteras nacionales, menos vulnerables a las verdaderas amenazas a la soberanía. Con educación tendremos el límite más efectivo. Urge educar sólidamente a las generaciones en formación para conectarse al mundo de hoy, actuar con sentido nacionalista y competir con visión universal. Las amenazas armadas han estado y seguirán. Ocupémonos prioritariamente de resolver otras: dependencias alimentaria, energética y tecnológica. ¿Cómo sin educación?
Por eso, en este septiembre conviene más ver sin fantasmas, el reporte sobre la educación en México de la prueba PISA, y aprovecharlo como otro grito por la independencia nacional.
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