Tan abundante, como importante la Presidencia de la República, es la literatura ocupada en explicar su naturaleza y desentrañar génesis, evolución, limitaciones, estilos, excesos, responsabilidades y debilidades de ese eje donde gira y depende el buen funcionamiento del régimen presidencial adoptado por nuestra Constitución, de probada eficacia tras dos intentos de adoptar una monarquía y lejos de mutar a uno parlamentario.
Hay textos de todo tipo relativos a la figura presidencial, desde los técnicos constitucionales hasta los jocosos, pasando por otros descriptivos de sus etapas históricas y autobiográficos, y una buena colección de novelas. En ese arco de posibilidades para comprender el tema han aportado figuras destacadas: los juristas Jorge Carpizo con su clásico El presidencialismo mexicano, y Miguel de la Madrid, al explicar El ejercicio de las facultades presidenciales; los expresidentes Luis Echeverría en Echeverría rompe el silencio de Luis Suárez, José López Portillo a través de Mis tiempos, sus detalladas memorias, Carlos Salinas de Gortari relata México, un paso difícil a la modernidad, Felipe Calderón narra Decisiones difíciles, Enrique Peña Nieto entrevistado para Confesiones desde el exilio: EPN por Mario Maldonado, Andrés Manuel López Obrador aportó su libro ¡Gracias!; el gran Luis Spota y su saga La costumbre del poder, Enrique Krauze, historiador, aportó La presidencia imperial, Cuauhtémoc Cárdenas, biógrafo político del presidente Lázaro Cárdenas, su padre, en Cárdenas por Cárdenas; y los escritores Carlos Fuentes, autor de La silla del águila, e Ignacio Solares de El Jefe Máximo.
Vinculados al mismo tema están Las primeras damas, de Sara Sefchovich, Humor en serio y otros títulos sobre el valor del chiste político, de Samuel Schmidt, A calzón amarrado de la polémica Irma Serrano, Fox: los días perdidos, de Alfonso Zárate, Las llaves del reino, de José Elías Romero Apis, reseña del sexenio del presidente Peña Nieto, el detallado análisis de la personalidad del presidente López Obrador de Leonardo Curzio y Aníbal Gutiérrez, El Presidente, las filias y fobias que definieron el rumbo del país, y el humorístico Todos los hombres de la Presidenta, del monero Chavo del Toro.
Súmense para entender las características del presidencialismo mexicano los abundantes estudios biográficos, políticos y de sus gobiernos, de los presidentes Santa Anna, Juárez, Díaz, Madero, Carranza, Obregón y Calles, así como las novelas en torno a su figura, El rey viejo de Fernando Benítez y La sombra del caudillo de Martín Luis Guzmán, por citar algunos ejemplos.
Es la abundante referencia para enfatizar la importancia de la figura presidencial en nuestro país, precisamente cuando la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo ha cubierto el primer tercio del mandato sexenal y enfrenta un balance de claros y oscuros agudizado por el calado de los acontecimientos sucedidos en las semanas recientes, en una inédita mezcla de presiones provenientes del extranjero, tensiones gubernamentales y partidarias, y una abundante crítica desde los medios y las redes sociales a su gobierno por lo considerado, en algunos casos, un manejo errático de la crisis y la herencia.
Hasta ahí pudiera aceptarse una situación normal en los años de adaptación y toma del control total, político y administrativo, del gobierno, sobre todo después de un sexenio tan potente como el anterior, con el cual hay identificación por ser origen, sin el acostumbrado deslinde. Preocupa un creciente maltrato a la persona de la presidenta, hiriente, grosero, malsano como puede ser para una institución, en este caso la principal de la República, solo después de la Constitución, más allá de la ofensa personal consustancial al ejercicio del poder.
Vista a favor, confirma la libertad de expresión en el país; pero advierte la necesidad de moderarla, nunca limitarla. Me explico: en un sistema constitucional presidencial, la Presidencia tiene a cargo las jefaturas del Estado y del gobierno, y la comandancia suprema de las fuerzas armadas; demeritar a su titular tiene riesgos y consecuencias para el sistema. Más conviene ejercer ese derecho con inteligencia.
No es comportamiento exigible a la población, sí deseable para quienes informan y generan opinión, o lo pretenden; es asunto de responsabilidad y ética, de no confundir ni sustituir crítica, análisis, denuncia, discordancia, con vulgaridad y violencia. Y también requiere, del aparato presidencial, cuidar a su titular de una exposición comprometida de la investidura. Es por la salud de la república.
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