Pachuca es punto y aparte en la geografía de todas nuestras capitales estatales. Ninguna otra de las treinta restantes asienta su casco urbano en el límite de dos regiones geoculturales, en este caso la Comarca Minera y la Cuenca de México, y por lo mismo, en la linde de dos de las mayores provincias geográficas nacionales, la Sierra Madre Oriental y la Altiplanicie Mexicana. El norte pachuqueño, desde Plaza Juárez hasta los Barrios Altos, es comarcano y serrano. El sur, tomando como eje la avenida Madero y la calle Gómez Pérez, es cuenqueño y altiplanense. Dos ecologías, dos historias, dos culturas encimadas o traslapadas, no pocas veces contrapuestas.
El cerro Cubitos se sitúa justo en la raya. Ahí empieza la Comarca Minera y termina la Cuenca de México. Hasta ahora ha servido como barrera fronteriza y muro de contención contra el expansionismo chilango-mexiquense. También, como nicho de numerosas especies faunísticas y florísticas. Y no se diga como cementerio-archivo-museo de nuestro rico pasado metalúrgico, compartido con sus cerros hermanos de San Cristóbal, Santa Apolonia y otros. No de oquis tiene una zona de reserva llamada parque ecológico Cubitos, misma que, por lo menos en el papel, entra en jurisdicción del gran geoparque Comarca Minera, éste declarado así por la Unesco.
Sobre tanta riqueza pende la espada de Damocles del macrourbanismo. No fue hace muchos años cuando, para construir el fraccionamiento Colinas de Plata y el centro comercial Plaza Q, las autoridades ambientales permitieron la tala de un añejo bosque de yucas filíferas (hermosas plantas emblemáticas de nuestro paisaje cuenqueño). Hoy, las señales de alerta van desde autorizar el cambio de uso del suelo en toda la zona, lo que abriría la puerta a la legalización del agio y la usura desarrollista, hasta el derrumbe paulatino y el robo-hormiga del paisaje histórico minero, como acaba de suceder con el malacate de la mina Paricutín, atrás de la Unidad 11 de Julio, venido a tierra por manos patrimonicidas.
Ante tales amenazas (algunas también, por desgracia, ya son hechos) no han faltado voces de protesta ciudadana, lo mismo de vecinos comprometidos y grupos ambientalistas que de organismos sociales independientes. En este contexto se ubica la reciente carta abierta del Comité del Centro Histórico de Pachuca, donde evidencia el derribo de aquel tan altivo malacate. ¿Quién ordenó o se hizo de la vista gorda ante tamaña estupidez? ¿Quién repondrá ahora este monumento representativo de la memoria minera de nuestra amada Bella Airosa? ¿Quién lo alzará de nuevo, antes de que el vandalismo termine por grafitearlo o convertirlo en pedacería de suvenir?
Entrañable para mí resulta la Comarca Minera. Su panorama montañoso, biológico y monumental, viéndolo a diario desde mi casa en Pachuca o disfrutándolo mientras subo con cualquier pretexto a Real del Monte, es uno de los privilegios que más agradezco a la vida. Ojalá que esta fijación admirativa nunca acabe por estrellarse en una ecocida realidad.
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