Enrique Rivas columna Vozquetinta

Enrique Rivas

Cuadros de una exeducación

¿Recuerdas tus tiempos infantiles en la primaria y un poco adolescentes en la secundaria? Te la pasabas horas y horas sentado en pupitres de madera o de lámina.

Enrique Rivas Paniagua
Mayo 17, 2026

¿Recuerdas tus tiempos infantiles en la primaria y un poco adolescentes en la secundaria? Te la pasabas horas y horas sentado en pupitres de madera o de lámina. El libro de texto en la mochila o en la paleta, aguardando tu consulta emergente. Los ojos fijos ante el pizarrón engisado con letras, fórmulas, dibujos. Abierto el cuaderno forma italiana (porque entonces no rifaba la libreta forma francesa), de raya, doble raya o cuadrícula grande. Bien afiladito el lápiz o cargada con tinta la pluma fuente (porque aún no llegaba la era del bolígrafo). Puesta a tu alcance la goma blanca o bicolor (porque faltaba mucho para que se inventara el bendito corrector líquido). Y de requerirse, las escuadras, el trasportador, el compás (tres tormentos con los que nunca lograste llevarte bien) o la regla (esta sí, tu ángel guardián, tu cuatacha del alma).

Enfrente, o atrás de ti, o a un costado, paseándose entre las filas mientras hablaba en voz alta, la crecida figura vigilante de quien te daba la clase. La profesora o el profesor, la maestra o el maestro (porque no se estilaba decirle la docente o el docente). Adusta, señera, enfática figura. Accesible o inaccesible, paciente o impaciente, tolerante o intolerante. Ducha o dificultosa para darse a entender. Ampliadora de los temas, enriqueciéndolos con anécdotas y gracejadas; o restringida al programa de estudios, sin quitarle ni ponerle una coma. Propicia al intercambio de ideas, a despertar la creatividad de los pupilos, a motivarles la exposición clara de sus pensamientos; u obstinada en el cliché del preceptor imponente, incuestionable, inquisidor.

De todo tuviste durante aquellos años de estudiante (lástima que aún no conocías una palabra tan común ahora en el medio rural mexicano, porque te habría encantado emplearla para definirte: “escuelante”). Pero por salud mental, haces bien al guardar en la memoria nada más al magisterio que hizo de ti un miembro activo del proceso enseñanza-aprendizaje. El magisterio que de una u otra manera te volvió un ser pensante, crítico, preguntón, lectófilo, esponja de conocimientos. El que supo despertarte la vocación escribidora, el gusto por el trabajo de campo, biblioteca y archivo, la ética de emplear con pulcritud la metodología y las técnicas de investigación.

Las aulas como extensión del sueño de vivir, aunque de vez en cuando se entercaran en volverse pesadillas o insomnios para ti. Los mentores como guías, modelos o paradigmas, aunque también hayas sufrido especímenes que sólo la demagogia oficialista les endilgaba el sobado calificativo de apóstoles. Era otra educación, sin duda. Menos rollera que la actual. Menos generadora de analfabetas dizque funcionales. Menos contribuyente a las vergonzosas estadísticas mundiales que tiene México en incomprensión de la lectura, torpeza matemática e ignorancia de la ciencia. Y también, para empezar, con calendarios escolares completos, no tijereteados de buenas a primeras bajo la risible excusa de los calorones y la euforia futbolera. ¡Qué episodio tan bochornoso!

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