La fachada de cantera y el aroma a paste en Real del Monte, o la neblina constante de Mineral del Chico, venden una postal perfecta. Pero detrás de esa imagen hay una transformación menos visible: la salida silenciosa de quienes han vivido ahí toda la vida. Lo que comenzó como una oportunidad para generar ingresos extra terminó convirtiéndose en un proceso de turistificación que está cambiando la vida cotidiana de estos municipios.
El fenómeno tiene nombre y plataforma. Airbnb llegó como una alternativa flexible para rentar habitaciones o casas. Hoy, en muchos casos, ya no se trata de familias que abren su hogar, sino de inversionistas que compran propiedades completas para destinarlas al turismo. El resultado es un mercado inmobiliario que deja de responder a quienes viven ahí y empieza a girar en función del visitante.
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El problema es que todo esto ha crecido en un vacío regulatorio. Mientras la Secretaría de Turismo presume cifras de derrama económica, no hay reglas claras que obliguen a estas plataformas a contribuir directamente al mantenimiento de los servicios que utilizan. Porque claro, la lógica parece ser que más turistas automáticamente significan más bienestar… aunque el agua no alcance y la basura se acumule. Detalles menores en la narrativa del éxito turístico.
Estudios de la UNAM y de distintos colectivos urbanos lo han documentado: cuando no hay control, los precios de renta y venta se disparan. En el caso de Real del Monte, el aumento en el valor de la vivienda en el primer cuadro ha sido tal que muchos trabajadores del sector servicios ya no pueden pagar donde trabajan. La consecuencia es clara: desplazamiento.
Pero el impacto no se queda en lo inmobiliario. También se siente en algo más básico: el agua.
Una vivienda usada para turismo puede consumir entre tres y cinco veces más agua que una casa habitada de forma permanente. Según la Comisión Estatal de Agua y Alcantarillado, en zonas como Mineral del Chico la presión hídrica ya alcanza niveles críticos en temporadas altas. Pero no hay de qué preocuparse: siempre se puede pedir a los habitantes que “ahorren más” mientras los fines de semana llegan visitantes que duplican o triplican el consumo. La magia del turismo también aplica para desaparecer el agua.
A esto se suma el cambio en el comercio local. Las tiendas de abarrotes y servicios básicos comienzan a desaparecer para dar paso a negocios pensados para el turista: cafeterías, galerías, tiendas de recuerdos.
El entorno cambia, pero no necesariamente mejora para quien vive ahí. Según el INEGI, la inflación en servicios y alimentos en Pueblos Mágicos suele crecer por encima del promedio estatal, presionando aún más el bolsillo de la población local.
El resultado es una paradoja incómoda: el turismo que promete desarrollo termina expulsando a quienes le dan identidad al lugar.
No se trata de cerrar la puerta al turismo ni de demonizar plataformas. El problema es la falta de reglas. Sin límites claros, sin impuestos que regresen a la comunidad y sin planeación urbana, el modelo actual beneficia a unos cuantos mientras el costo lo pagan muchos.
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Porque al final, un Pueblo Mágico sin habitantes deja de ser pueblo. Y lo que queda, por más bonito que se vea en fotos, es solo un escenario vacío.
Off the record
Varios “nuevos cuadros” de izquierda soñaban con cargos y selfies, en la madrugada del sábado Claudia Sheinbaum estaba en Barcelona hablando de principios.
Igual no estaría mal que algunos lo lean con calma… por si en el camino entre un partido y otro se les olvidó de qué iba todo esto.
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