A cinco décadas del golpe de Estado en Chile

DESDE LO REGIONAL

A media mañana de miércoles – hoy hace cincuenta años – la maestra de sexto año comentó el derrocamiento del presidente chileno. Sin recordar sus palabras exactas, nunca olvidé el mensaje: triunfo sobre el comunismo.

La imagen de Salvador Allende latía en nuestro país. Su visita en diciembre del 72 fue apoteósica. El discurso en la Universidad de Guadalajara es un documento ideológico-político, profundo y vigente.

En la secundaria, el profesor de literatura organizó un equipo para grabar narraciones sobre el poeta Pablo Neruda cuya  muerte se atribuyó a la junta militar. “Puedo escribir los versos más tristes esta noche…” empezaba la mía.

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Nueve años después del hecho,  parado frente a La Moneda con las imágenes en mi  mente de su incendio, previo a la caída de la Unidad Popular, solicité entrar. La respuesta del carabinero de más de 1.90 de estatura, custodio del portón, fue amable y negativa.     

En 1983 vino a la Universidad Autónoma de Hidalgo Gonzalo Martínez Corbalá, embajador mexicano en los días del golpe. Apadrinaba la generación de Derecho, donde había ex alumnas/os de la preparatoria Salvador Allende, de Ciudad Sahagún, hijos de familias exiliadas, de padres contratados en el Combinado Industrial, dirigido por él después del encargo diplomático.

Fue oportunidad de preguntar sobre la agitada experiencia, luego narrada en su libro Instantes de Decisión, Chile 1972-1973 (Grijalbo, 1998). En algún momento estuvo en la conversación la figura de su antecesor en la embajada en Chile, Alfonso Cravioto, cuyo centenario celebraríamos en 1984.

Leer La aventura del Miguel Littin clandestino en Chile, de Gabriel García Márquez (La oveja negra, Bogotá 1986); Pinochet vivir matando (Aguilar, 200) y Allende en llamas (Almadía, 2008), ambos de Julio Scherer García, ampliaron mi conocimiento del hecho histórico, su contexto, personajes y repercusiones.

Convidado en 2002 a comer con el embajador de España, por el presidente del Tribunal Superior de Justicia de Hidalgo, la conversación incluyó las tensiones entre su país y Chile por la detención en Londres del ex presidente Pinochet, ordenada por el juez Baltazar Garzón de la Audiencia Nacional, por violaciones a los derechos humanos, recién concluida por orden del gobierno británico.

Después, en prolongada sobremesa, supe directamente de Garzón el desarrollo de aquel episodio, inicio de la denominada Jurisdicción Universal.

Por intervención de apreciado profesor chileno del Instituto de Ciencias Sociales de la Autónoma de Hidalgo, en 2002 conocí  y trate al embajador Luis Maira. Exiliado también, regresó  representando a su gobierno en 1997, después de ser firmante de la Concertación de Partidos por la Democracia, secretario general del Partido Socialista y ministro de Planificación y Cooperación del presidente Eduardo Frei.

Abogado y político, es gran conversador. Le recibí dos de sus libros afectuosamente dedicados: Chile, la transición interminable (Grijalbo, 1999) y Chile-México. Dos transiciones frente a frente (CIDE, Grijalbo, PROCHILE, 2000). Ya en los postres, llegó a grata comida Marcela Serrano, su esposa. Amable dejó para la biblioteca su novela Lo que está en mi corazón (Planeta, 2001).

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El bicentenario de las independencias de Argentina, Colombia y mexicana, trajo a Ciudad de México a Ricardo Lagos, ex presidente chileno. Invitado de Fundación Vidanta escuché la presentación del libro editado por él,  con un texto suyo de igual título: Cien años de Luces y Sombras (Taurus, Chile 2010). Generosa dedicatoria en el tomo I;  la amabilidad de estimado médico viajero, me hizo del II.

Recuerdos por la conmemoración de hoy.

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