Microcosmos

El Surtidor

El tiempo, el espacio y los elementos naturales marcan la vida del hombre. Su existencia es imposible sin la sinergia que sobre él se acumula. Es quizá por ello, que desde el principio de la historia, la humanidad ha distendido sobre su plano vital el reflejo de esa naturaleza, los sentimientos que nacen en ella y la manera en que se relaciona lo individual en lo colectivo. 

Dejar huella de la humanidad es una necesidad innata. Humanizar el entorno, intervenirlo, apropiárselo, es expandir la conciencia más allá del pensamiento. Después de la muerte de las civilizaciones es el arte quien sobrevive. ¿A caso no es el arte quien nos ha ayudado a comprender cómo vivieron nuestros antepasados? ¿Qué sería de la historia de nuestra especie sin el conocimiento de la impronta de otras civilizaciones?

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Las tradiciones que conocemos subsisten por los iconos y las grafías. Sin el peso del pasado en cada punto cardinal de la tierra no existiría el sistema métrico decimal, el calendario gregoriano, el horario de verano y de invierno. La concepción del globo terráqueo y la comprensión del universo.

Nuestro mundo interior, ese microcosmos que nos constituye, determina las interpretaciones de todo lo que sentimos, de todo lo que vemos y oímos. Hay algo en nosotros que se “anticipa” –por utilizar un término característico de Epícuro- a nuestra experiencia de los otros seres. El mismo Epícuro nos heredó, entre sus pensamientos, tres aforismos que se relacionan, por ejemplo: “¿Quieres ser rico? Pues no te afanes en aumentar tus bienes, sino en disminuir tu codicia” o aquel otro que dice: “El que no considera lo que tiene como la riqueza más grande, es desdichado, aunque sea dueño del mundo”; o el que concluye la idea de pertenencia y destino: “Así como el sabio no escoge los alimentos más abundantes, sino los más sabrosos, tampoco ambiciosa la vida más prolongada, sino la más intensa”.

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Auden hace en su poema de “El Ciudadano Desconocido”, una severa crítica al sistema consumista occidental y la idea del sueño americano hasta tal grado de, que en cada uno de sus versos, disuelve la personalidad del sujeto del poema, dentro de la enumeración de bienes y beneficios de lo que se ha consolidado la idea del éxito en la vida contemporánea. Lo magistral en este poema estiba, así como en la vida misma, en no orillar al pensamiento a una posición radical y no de reflejo de la realidad. Al final del poema, el bardo se pregunta: “¿Estaba libre? ¿Estaba feliz? La pregunta es absurda:/Si algo hubiera estado mal, ciertamente deberíamos haberlo escuchado”.

Para los hombres de la antigüedad, “bienaventurado” era en cierto modo el nombre propio de los dioses, los cuales, como cantaba Homero en la Ilíada “tienen una vida cómoda”, saber esto es también una manera de guiarse hacia ninguna parte en la educación del esfuerzo, sin ánimo pesimista, los conceptos de Homero y los creados en nuestro tiempo son tan dispares, y tan cercanas, como cada una de las letras que nos componen.

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Daniel Fragoso

Daniel Fragoso Torres. Nació en Pachuca, lector, escritor, se ha desempeñado como profesor universitario, periodista, editor, funcionario público y consultor. Es insomne.
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