Enrique Rivas columna Vozquetinta

Enrique Rivas

Un magacín muy chic

Vozquetinta

Enrique Rivas Paniagua
Agosto 30, 2026

Recibo el suplemento quincenal Chic magazine porque viene encartado dentro del ejemplar del diario al que estoy suscrito aquí en Pachuca; pero, así como me llega, lo boto en la pila de periódicos viejos, esos que empleo en casa a guisa de tapetes desechables para absorber o recoger las evacuaciones del Papaqui, mi mascota perruna, enfermo ya de incontinencia senil. De no reservarla a tan escatológico destino, arrojaría la mentada revista directamente al bote de la basura, sin perder el tiempo en hojearla siquiera.

Hace unos días, sin embargo, decidí sacrificar mi innata ojeriza hacia este tipo de impresos dirigidos a la “alta” sociedad clasemediera (o como solía calificársele en mis lejanos ayeres sociológicos: pequeñoburguesa), y me puse a revisar a detalle el número más reciente. Todo sea, pensé, por criticarlo con conocimiento de causa.

(¿Cómo le hice para sobrellevar tamaño trance? ¿Qué resortes anímicos tuve que mover para no perder la compostura? ¿De dónde sacó fuerzas mi pobre estómago para no revolverse ante tal pasarela de estereotipos, acartonamientos y ripios, tanto en las fotografías como en los textos?… ¡Oh, misterios insondables de mi resiliencia, oh!)

No me sorprendió lo frívolo e insustancial del lenguaje, porque siempre ha sido éste el pecado original de dichos bodrios periodísticos, pero sí el hecho de usar (peor: abusar) de palabras en inglés para dar la imagen de elitismo, elegancia y distinción. He aquí unas perlas de tan rastacuera estrategia: indoor, brunch, party, mindset, speakeasy, networking, bridal look, instant classic, pink details, opening ride, must-have songs, vinyl listening bar… Antes no hallé aquí un anglicismo que a los periodicuchos de provincia les encanta utilizar en sus demandadas páginas de sociales: cake, aunque sí detecté los incongruentes casos de fútbol y cóctel, voces que en México preferimos acentuar como agudas.

No me considero un purista de la lengua castellana, cerrado al ingreso de vocablos de otros idiomas, como algunas personas de buena fe me consideran. Detesto, en cambio, vicios como el que acabo de reprochar. Nada me da más ñáñaras lingüísticas que lo presuntuoso, lo anodino, lo fatuo que es recurrir a extranjerismos apantallantes para ganarse un inútil, no menos ridículo, prestigio (ah, y también, por supuesto, para alimentar los voraces apetitos de mercadotecnia, que no marketing, de casi todas las cadenas periodísticas, porque de otro modo corren el riesgo de caer en bancarrota).

“Ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre”, sentencia uno de los más sabios refranes que conozco. En fin, si ya vamos a doblegar la cerviz ante el malinchismo, de perdida démosle una chispa de ingenio popular mexicano al reto de manejar las invasiones extranjeras en nuestro lenguaje. ¡Siempre he admirado aquella graciosa exclamación que surgió durante los años setenta del siglo veinte, tiempos de explosiva (alguien dijo entonces que excesiva) creatividad juvenil: “Okey, maguey”!

Sigue nuestro CANAL ¡La Jornada Hidalgo está en WhatsApp! Únete y recibe la información más relevante del día en tu dispositivo móvil.

Banner Entretenimiento