Enrique Rivas columna Vozquetinta

Enrique Rivas

Todo por no haber entrado

Vozquetinta

Enrique Rivas Paniagua
Septiembre 27, 2026

Si Vicente Guerrero hubiera entrado a la Ciudad de México en 1821, los almanaques actuales destacarían en rojo cada 27 de septiembre, no iríamos a trabajar y hasta nos largaríamos de puente a cualquier playa o, de perdida, a ver marchar en el centro a servidores de la nación disfrazados de chinacos y dragones del ejército trigarante. De existir esta festividad cívica, pues, vendría a ser una segunda edición, reciclada, de la del 15-16, comparable a la pachanga familiar de año nuevo que hacemos una semana después de la navideña o a la octava religiosa con que algunos pueblos suelen rematar sus fiestas patronales.

Pero el tixtleco (porque nació en Tixtla), el mulato (porque esa condición la llevaba en su sangre y aun en su cabello, medio quebrado), el nahuatlato (porque sabía a la perfección la lengua mexicana, tanto que José María Morelos le pidió una vez que trasmitiera en náhuatl cierta orden a unos indígenas monolingües), el arriero (porque ése era su medio de vida y por tal razón conocía al dedillo todas las rutas surianas),… no puso, en aquella fecha septembrina, un pie en nuestra noble, imperial, criollizada o ya mestizada urbe del Anáhuac.

¿Por qué Guerrero prefirió (o se vio obligado a) quedarse en el no muy remoto pueblo de San Agustín de las Cuevas, alias Tlalpan? ¿Por qué no tomó posesión de la hasta entonces capital novohispana? ¿Por qué dejó como beneficiario al exrealista Agustín de Iturbide?… Ni siquiera el pequeño grupo de historiadores profesionales que en los años setenta del siglo XX investigó el hecho, logró tener una respuesta absoluta a estas preguntas. Y vaya que dicho cónclave de modernos estudiosos se formó por capricho del presidente Luis Echeverría, quien esperaba que lo complacieran reportándole que don Vicente finalmente sí entró (aunque nada dijeran al respecto los libros clásicos de Bustamante, Alamán, Mora, Zerecero, Zavala y demás cronistas) para que él, con su delirante echeverrismo, lo elevara al rango de auténtico, si no es que también único, consumador de la Independencia.

Llamamos a septiembre el Mes de la Patria, pero en dado caso no pasa de durar medio mes, hasta el nocturno Grito y su matutina cruda desfiladora. El 27 no se celebra, ni popular ni políticamente. Ya no hay ruidosos vivas a México, ni ferias, ni paradas, ni discursos, ni ofrendas florales, ni juegos pirotécnicos, ni músicas mariacheras, ni vestimentas típicas, ni bailongos, ni confeti, ni pitos, ni trompetitas de plástico, ni matracas, ni banderitas tricolores, mucho menos pozole, pambazos, sopes, tlacoyos, tostadas, tamales o tacos de chicharrón con salsa mexicana. Nada. Ni un triste recalentado.

¿Quién se acuerda que un día igual a hoy, justamente hace 205 años, nacieron como país independiente los que después, en la Constitución de 1824, se denominarían Estados Unidos Mexicanos? Una efeméride ninguneada. Al menos deberíamos motivar a las nuevas generaciones de discípulos de la musa Clío a que estudien con profundidad, lo mismo en archivos que en trabajos de campo, aquella década de lucha insurgente. Digo, aunque sus pesquisas no resulten tan a modo como quisieran ciertos gobernantes pasados y presentes.

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