Columna Adogma

Mauricio Sosa

Toda una vida

En nuestros aprendizajes de vida, inclusive la música nos ha arrullado con sus melodiosas entonaciones hacia la violencia de género.

Mauricio Sosa Ocaña
Septiembre 11, 2026

Qué pensarías si hoy una persona se te acerca y te dice: “eres en mi vida, ansiedad, angustia, desesperación”. Y por ello quiero pasar la vida junto a ti, sin importar el cómo, ni el lugar ni las condiciones. Simplemente estar contigo toda la vida.

Y que además te advierta que te lo repetirá por siempre. “No me cansaría de decirte siempre, pero siempre, siempre”.

“Toda una vida”. Es el título de una de las canciones más famosas de la cultura del bolero y el romanticismo. Fue escrita a mediados del siglo pasado (1943) por el compositor cubano Osvaldo Ferés. Dos grandes intérpretes popularizaron esa canción: el español Antonio Machín y el mexicano Pedro Vargas.

Vista a la luz de los hallazgos sobre el género y las relaciones entre hombres y mujeres basadas en la diferencia de sexos, los roles y los mandatos, esta letra es profunda y contundente, a pesar de su simplicidad.

Son apenas tres versos que suman cincuenta y cinco palabras que denotan una estructura social arraigada, para vivir la experiencia del amor, de los vínculos y del control de los cuerpos, principalmente el de las mujeres, desde una perspectiva machista.

Nunca sobra reiterar que, en el tema del amor y las relaciones románticas, el estereotipo señala que el diptongo aceptado sea el formado por un hombre y una mujer. Por ello, no es fortuito que sean hombres (masculinos), autor e intérpretes, quienes observen en su musa ansiedad, angustia y desesperación. Sin duda, reacciones que provocan las mujeres sobre los hombres.

Rosario Castellanos lo dijo claro. Los hombres (varones masculinos) hacemos de las mujeres un mito, porque no vemos en ellas a alguien de carne y hueso con su fisiología, psique y unicidad. Sino la “encarnación” de “un principio” casi siempre maléfico y “antagónico” al creador y espectador del mito.

La belleza, la ignorancia, el confinamiento y la evocación de emociones, señala la intelectual mexicana, son algunas de las tareas asignadas a las mujeres por el sistema patriarcal. A grado tal que la pureza de sus comportamientos es el fin de sus existencias.

Claro está, con la pena de ser rebajadas de categoría de mujeres, ya de por sí sexo débil, a un ser vivo convertido en estatua para la contemplación. Ser mujer conlleva el riesgo de la obscenidad, denuncia Castellanos, por eso los hombres utilizamos otros términos para referirnos a ellas: damas, señoritas, amas de casa.

Se busca mantenerlas atrapadas en cuerpos que no conocen. En espera de su transformación ante la mirada masculina que valide su arribo a la adultez. Atentas al conquistador que descubra las potencialidades de su cuerpo anónimo.

Toda una vida para el control, los servicios y el maltrato. En muchas ocasiones entendido como amor. Y es que, en nuestros aprendizajes de vida, inclusive la música nos ha arrullado con sus melodiosas entonaciones hacia la violencia de género.

crs

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