Estos días previos al periodo vacacional me es inevitable pensar en algunos de los efectos del Trastorno Afectivo Estacional (TAE), y a pesar de que normalmente se le relaciona con la época de invierno; su variante primaveral coincide críticamente con el periodo vacacional de Semana Santa en México. Para los estudiantes, especialmente para los de los niveles de secundaria, preparatoria y educación superior, este fenómeno biológico se entrelaza con una hiperconectividad digital que altera su salud socioemocional.
El TAE genera fluctuaciones en la serotonina y melatonina. Según datos de la ENSANUT, los adolescentes mexicanos presentan una prevalencia de sintomatología depresiva que se agudiza ante el aislamiento. Durante las vacaciones, el uso de redes sociales deja de ser académico para volverse puramente comparativo. El “miedo a perderse de algo” (FoMO) se intensifica: el estudiante que padece letargo estacional observa versiones idealizadas de las vacaciones de sus pares, lo que profundiza el sentimiento de inadecuación.
Zygmunt Bauman describiría este fenómeno como parte de la modernidad líquida, donde los vínculos digitales son precarios pero demandantes. La pausa escolar de Semana Santa rompe la estructura cotidiana del aula, el cual es un espacio de socialización física donde se coincide y se comparte, sin embargo, en este lapso se deja al estudiante a merced de algoritmos que priorizan el contenido polarizante o superficial. Pedagógicamente, autores como Philippe Meirieu enfatizan que el aprendizaje requiere de un “tiempo de parada”; no obstante, el TAE transforma este descanso en una parálisis apática frente a la pantalla.
El pensamiento de Aaron Beck permite entender que el TAE genera pensamientos negativos que afectan la percepción de la realidad. Esto se refleja en un uso más intenso de redes sociales como mecanismo de evasión emocional. Estudios indican que adolescentes que pasan más de tres horas diarias en redes tienen mayor riesgo de ansiedad y depresión, lo que sugiere que el TAE puede amplificar este comportamiento durante vacaciones.
Por otro lado, Manuel Castells plantea que las redes configuran nuevas formas de socialización. Sin embargo, el TAE favorece el aislamiento, lo que provoca que los estudiantes sustituyan la convivencia presencial por interacción digital. En México, más del 46% de los jóvenes usan redes varias veces al día, y hasta 62% prefieren comunicarse por estos medios antes que cara a cara, lo que evidencia una tendencia que puede intensificarse en contextos de vulnerabilidad emocional.
Desde la filosofía, la tensión entre el ego y la humanidad se manifiesta en el perfil digital. El estudiante intenta sostener una identidad virtual exitosa mientras lidia con la fragilidad de su estado de ánimo. Esta disonancia cognitiva, potenciada por el TAE, convierte a las redes sociales en un simulacro de acompañamiento que, en realidad, fragmenta la experiencia comunitaria esencial de la juventud mexicana.
Es complicado vivir en la sociedad del cansancio, donde la hiperconectividad genera fatiga emocional. Saber de los efectos biológicos del TAE y su relación con las redes sociales es alarmante, sí, pero también sirve para identificar a ese círculo de dependencia, aislamiento y sobreestimulación que impacta negativamente en el bienestar integral de las personas, y específicamente de aquellos que están en edad escolar. Por ello, considero importante aprovechar los próximos días para descansar, incluso de las pantallas, alejar la mirada de los dispositivos y centrarla en el horizonte.
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