Basta con teclearlo y él cumple su misión robótica. Ni siquiera es condición sine qua non escribirle bien, con las debidas sintaxis y puntuación, sin faltas ortográficas, porque entiende tus galimatías y hasta te los enmienda. Te evita la hueva de razonar por tu cuenta, de darle mantenimiento preventivo a tu memoria, de que hagas cinco minutos diarios de gimnasia mental a fin de no enmohecerte. Todo lo tuyo se lo dejas, hasta lo más nimio, como si su pantalla fuese el complaciente espejo de la bruja de Blanca Nieves. Por eso lo tienes, ¿no?: para ser su engañado, incondicional y dogmático esclavo.
Con toda probabilidad estás leyendo esta columna en tu fiel aparatito, enguantado con firmeza a tus dedos manipuladores. Incluso, has de farfullar entre dientes que debo cambiarle nombre y retitularla, por citar un ejemplo, Vozquecelular. Lástima, te contradiría, que aunque no niego lo fácil y práctico que resulta compartirte mis ideas por este medio, su digitalizada frialdad no me provoca el placer casi orgásmico del olor a papel entintado. ¿Qué quieres? Así me formé profesionalmente, así entendí siempre mi vocación escribidora, y a duras penas me he medio acomodado a la nueva.
Tampoco dudo que más de una vez has padecido el síndrome de orfandad que genera su robo o extravío, igual a quedarte de súbito inerme, manco o con las corvas tambaleantes. Y no se diga esa angustia terrible de hallarte en un sitio adonde no llega o es caótica la señal de internet, como cuando incursionas por el México de brechas y pueblos perdidos en el mapa o el Metro te atora durante eternos minutos a mitad del túnel y tu teléfono se convierte en un cadáver. No sé, en casos como éste o el anterior, si la historia de la humanidad guarde en sus registros peor sensación de zozobra, porque ahora la dependencia al teléfono totalizador suele bloquear nuestra mente para salir de un atolladero que antes cualquier ser pensante libraba a base de puro ingenio.
Duermes cada noche a su lado. Despiertas modorro pero tembloroso cuando lo oyes en la madrugada o sientes que vibra la mesita donde lo colocaste. Lo introduces al cuarto de baño, por si en ese momento a un contacto tuyo se le ocurre enviarte un meme y espera de ti al menos un me-gusta de respuesta. Le compartes sin pudor tu intimidad cuando lo llevas de nalguera. Te sirve de fotógrafo ambulante, de compinche de chismes, de arma amenazadora cuando eres testigo de un accidente, un desfiguro o una payasada digna del escarnio público si la viralizas en las redes sociales.
Tres letras, tres: una c, una e, una l. Yo le agregaría dos para acabar de retratarlo de cuerpo entero: una d, una a. Que te sea leve tu estancia en esa todopoderosa, caciquil, inevitable c-e-l-d-a.
- Su Alteza tiranísima
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