Me la paso intentando ordenar la tonelada de archivos escritos y sonoros que he recopilado en mi larga carrera de investigador-difusor. Años, lustros, décadas de obsesiva productividad que, además de llevarme ahora a un estado filosófico muy cercano al nirvana, justifiquen mi obsesión por heredar a los demás dicho corpus de información y conocimientos. De poco habrá servido ese material, pienso, si otros no puedan acceder posteriormente a él y sacarle provecho, no sólo generarles una mera sonrisa solidaria con mi vocación de toda la vida hacia semejante locura. ¿O alguien tiene por ahí una definición mejor de la trascendencia como valor existencial?
Admiro el caso de mi amiga María Eugenia, hija y heredera de los derechos autorales de “Chava” Flores, porque su interés por mantener el legado paterno no la lleva al extremo de poner trabas legaloides o incluso vetar —como sí, aunque parezca contradictorio, hacen los descendientes de otros compositores— al artista que quiere grabar sin su permiso una de aquellas canciones o al ensayista de buena fe que desea escribir acerca del Cronista Musical de la Ciudad de México. Gracias, pues, a la apertura de Maru, el genio chavafloresco sigue vivito y coleando hasta nuestros días, popularidad que ya ha menguado, para citar un solo ejemplo de herencia mal entendida, la magia del también señorón de nuestra música popular, el gran Cri-crí.
Idéntico aplauso extiendo hacia la institución familiar que se denomina Herederos de José Emilio Pacheco. Me gusta sobremanera leer en su feisbuc la página donde recirculan, con ejemplar cuidado de trascripción y limpieza editorial, textos inéditos u olvidados del creador de Las batallas en el desierto: desde solapas anónimas, prólogos sí acreditados y comentarios vertidos en la presentación de un libro, hasta artículos de fondo en suplementos o revistas culturales y largas entrevistas que concedió a un reportero. Esto me ha permitido conocerlo mejor y, en consecuencia, afianzar mi identificación con su estilo literario, siempre tan correctivo de sí mismo. Como afirmó alguna vez el propio José Emilio: “Para escribir una página válida se necesita escribir por lo menos cien malísimas”.
Concluyo el tema central de este artículo: la preservación más ordenada posible de lo que uno ha impreso o manuscrito en papel, registrado en audios, pepenado en documentos polvosos o libros ninguneados en bibliotecas públicas, e investigado en campo (léase: a ras del suelo, practicando el noble arte de viajar hasta las comunidades perdidas en los mapas de nuestra república). ¿No merece todo ello compartirse después, extenderlo a la colectividad que lo produjo y hasta confió en nosotros para que lo recogiéramos en nombre suyo?
Soy el primer convencido de socializar la memoria, tanto la que es tangible como la intangible. Sin ella, sin su apapacho casi maternal, ya habría renunciado yo, desde hace años, a esta talacha protectora. Es decir: a mi porqué y paraqué profesional seguir de testarudo en el mundanal mundo.
Sigue nuestro CANAL ¡La Jornada Hidalgo está en WhatsApp! Únete y recibe la información más relevante del día en tu dispositivo móvil.
- Salvaguardar para trascender
- El ruido blanco del algoritmo
- Anuncian “Partido de Leyendas” en el Estadio Hidalgo: Leyendas de la Sudamericana vs Leyendas del Guadalajara
- Buscan a Jose´Carlos Granados Cruz de 27 años, desaparecido en Pachuca
- Manifestantes incendian el ayuntamiento de Limoges, uno de los monumentos históricos de Francia

/https://wp.lajornada-hidalgo.prod.andes.news/wp-content/uploads/2022/01/ENRIQUE-RIVAS-PANIAGUA-WEB.jpg)
