Sinónimo de periodismo era, antaño, escribir bien. Su bondad consistía en la aplicación precisa del mayor número posible de palabras y en la destreza del periodista para tejer con ellas un texto, no sólo legible sino entendible. Nada mejor, entonces, que echar mano de las herramientas supremas: sintaxis, puntuación, extensión de párrafos, ritmo sonoro. También, el uso apropiado de comillas, itálicas, negritas, mayúsculas, minúsculas, números, paréntesis, guiones largos o cortos. Y ni hablar de la matrona, para no decir la villana de la película, la bruja, el coco: doña ortografía.
La elegancia estilística y el toquecito literario —tal vez hasta poético o novelesco— en la redacción, así fuese de una simple noticia o de un suceso que en otras circunstancias sería intrascendente, se consideraban virtudes teologales de un buen periodista. Equivalían a originalidad, a profesionalismo, a vocación empedernida. Todo ello, desde luego, se reflejaba más en campos como la entrevista y el reportaje de fondo, cuantimás en la página editorial y la columna de opinión, donde lo lógico, lo esperado, casi el requisito sine qua non, era la profundidad de las ideas.
Manuales de escritura periodística no faltaban, pero varios de ellos eran peores como remedio que la enfermedad misma. Se requería, más bien, colmillo, consecuencia de teclear a diario y de practicar un sano ejercicio autocrítico. Sumábanse a lo anterior las muchas, muchísimas horas de lectura de obras artísticas importantes, a fin de encontrar en ellas otras formas constructivas e inspirarse para crear las propias. Eso hizo, desde su primera etapa de tundemáquinas en periódicos de Colombia, Gabriel García Márquez, arquetipo de lo que cabe llamar un gran diarista-novelista.
Por desgracia, escribí esta columna de hoy en tiempo verbal pretérito. Cada mañana, al cumplir con mi rito cotidiano de leer el periódico, se me revuelven las tripas con las no pocas notas chapuceras que descubro en sus páginas, hechas al ahisevá, llenas de galimatías e incongruencias gramaticales, caóticas en su puntuación. Me entristece que se haya perdido ya el oficio, el arte de comunicar con justeza y pulimento lo que debe ser informado, o la dejadez lo ha convertido en vil chambonería. Por eso heme aquí de criticón y, ¡oh, ironía!, de amargado vozquetintero.

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