A ver, doña Inteligencia Artificial, pongamos los puntos sobre las íes. Primero que nada le aclaro que escribo su nombre y apellido con mayúscula por simple norma gramatical. Usted, aunque muchos la endiosen, no es Dios para otorgarle el tratamiento, ni siquiera honorífico, de entidad divina. Por más extensiva, por más omnipresente que se esté volviendo en nuestra vida diaria, siempre llevará el pecado original de ser un invento humano. No le reconozco, pues, autonomía ni movimiento propio. ¿Le quedó claro?
Ah, y ni intente asomarse alguna vez en mis escritos o tomarlos sin mi consentimiento para construir otros. Soy su único, ético, legítimo responsable. Doy mi sudada cara por ellos. Nadie, y menos usted, me quitará el derecho de ser mi propio autor, de acertar o desacertar en lo que digo, de redactar bien o de pifiar cuando se me pegue la gana. Todas mis obras las firmará siempre Enrique Rivas Paniagua, nunca la tal IA, ese par de malditas siglas suyas que incluso evito consultar cuando aparecen como fuente, so pena de contaminarme con sus cantos de sirena.
Ignoro si les pasa igual a otros lectores, pero yo detecto de inmediato cuando el texto de cierto escritor, cuyo estilo más o menos conozco, es en realidad de usted, doña. Me basta un modismo inusual, una puntuación ligeramente distinta, un ritmo diferente de exposición de las ideas, una secuencia de frases a las que no me tiene acostumbrado el susodicho, para suponer (y en el fondo convencerme de) que vendió su alma al diablo de la IA. Es un estilo artificial, falsamente perfecto, de una creatividad robotizada si cabe denominarla así. Como si estuviera yo leyéndole un apócrifo, pero pedido y rubricado por el autor mismo.
Problema de moral, acaso; o para no sonar moralistas: de ética profesional. ¿Usted pone el cerebro, el ingenio, la chispa, el manejo de la lengua, mientras el suscrito nada más pone su nombre para alzarse el cuello? Así cualquiera brilla como intelectual creativo, cualquiera escribe artículos o libros magistrales, cualquiera rompe récords de productividad literaria. De la inocencia a la inconciencia suele haber a veces un solo paso, y éste (no creo que no lo sepa, si tanto presume de inteligente) lo está imponiendo usted.
Sus trampas, señora, están a la orden del día. Usted plagia párrafos y hasta páginas enteras de aquí, de allá y de acullá para construir una narrativa dizque aséptico, pero no se lo advierte al incauto solicitante y a éste le vale gorro tomarse la molestia de revisarlo, no se diga de verificarlo, antes de mandarlo a imprenta. Pero, en fin, allá usted y su inteligencia artificiosa, doña. Prefiero la cálida trasparencia de mis errores que la fría opacidad de su excelencIA.

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