Sin Protocolo

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La dignidad no tuvo lugar: adiós a Alejandro Merino Fuentes

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Jorge González Correa
Agosto 13, 2026

Hay muertes que duelen distinto porque se llevan algo que ya escaseaba antes de que se fuera. Así se fue Alejandro Merino Fuentes, maestro, periodista, y sobre todo, un hombre de principios en un oficio donde cada vez sobran menos.

Nacido en Izúcar de Matamoros, Puebla, egresado de la escuela Carlos Septién García, Alejandro se dedicó al periodismo con algo que hoy casi nadie se puede dar el lujo de cargar: ética. Trabajó frente a las cámaras y detrás de ellas en las redacciones más importantes del país. Estuvo en Televisa junto a Jacobo Zabludovsky y Abraham Zabludovsky, pasó por Radio Fórmula, por TV Azteca, por MVS Noticias.

Sin embargo, Alejandro Merino nunca se quedó cómodamente instalado en ninguna de esas casas, no porque le faltara oficio, conocimiento o capacidad para ser un gran reportero, editor o jefe de redacción, sino porque le sobraba dignidad.

Uno de esos momentos quedó marcado para siempre: cuando la televisora de la familia del conductor Paco Stanley, tras su asesinato, pretendió difundir una cadena de información inexacta, Alejandro se plantó y dijo que eso iba en contra de sus principios. Se lo cobraron corriéndolo. Así de simple, así de caro sale a veces tener ética en este oficio, sobre todo cuando esa ética incomoda a empresas que prefieren la nota fácil antes que la verdad.

Sus últimos años los dedicó a formar alumnos en distintas universidades de prestigio de la Ciudad de México. Nunca faltó, nunca llegó tarde, y siempre les enseñó lo hermoso, lo difícil y lo sacrificado que es ser periodista. Era, además, un devorador de libros, un hombre de intelecto y de un bagaje cultural enorme, capaz de leerse decenas de libros al año como quien respira.

Cada fin de semana salía a recorrer distintos rincones de la Ciudad de México junto a diferentes cronistas, aprendiendo siempre de esa ciudad que tanto amó, con la curiosidad intacta de quien nunca deja de ser estudiante. Cientos de sus alumnos y de quienes lo quisieron lo han despedido estos días, y basta ver cuánto lo recuerdan para entender la huella que dejó.

Alejandro Merino no se casó con ninguna ideología. Se casó con los principios éticos, y eso le dio un juicio mucho más racional que el de muchos que hoy presumen certezas desde una trinchera o la otra. En un país donde el periodismo suele medirse por a quién le sirve, Alejandro se medía por lo que era correcto, y esa distinción, aunque le costó puertas cerradas, es justo la que hoy lo hace irremplazable. Esa ética, esa que él cargó hasta el final aun cuando le costó el trabajo y la comodidad, es exactamente lo que le hace falta a este país.

Un abrazo a su esposa e hijas, que hoy sufren la pérdida de un padre, mientras miles de alumnos sufrimos la pérdida de un gran maestro. México, y el periodismo mexicano, lo van a extrañar. Hasta donde estés, maestro.

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