—¿Qué hay de nuevo, viejo? —, preguntaba en la televisión un dientón, orejudo Bugs Bunny mientras roía una zanahoria. Hoy, si yo también pudiera interactuar con él, igual que lo hizo Michael Jordan en la película Space jam (Joe Pytka,1996), le respondería: —Pues tú dirás, Happy Rabbit, comenzando por llamarme “viejo”, si lo empleas como sinónimo de anciano, y no “de la tercera edad”, “adulto mayor” o, de preferencia, completo: “adulto mayor en plenitud”. ¿Qué quieres? Así son los nuevos tiempos inapámicos, amigo mío, dominados por la hipocresía y la nefasta censura del eufemismo.
—Quienes somos viejos (¿sabes?, me importa un cuerno el sentido peyorativo que suele darse a esta palabrita y por eso la uso para definirme), quienes estamos en la edad del “Pero si yo nunca…” (nunca me enfermaba, nunca me cansaba, etc.), quienes arrastramos los pies (me he salvado hasta ahora de recurrir al bastón o la andadera), quienes ya peinamos canas (como por fortuna es mi caso, en lugar de sacarle brillo a la calvicie), quienes pagamos medio boleto en el autobús foráneo y entramos gratis al Metro o al trolebús (y pongo el grito en el cielo porque aquí en Pachuca el infernal “servicio” del Tuzobús sí me cobra), quienes somos privilegiados cuando nos cede el asiento un alma caritativa (a veces, incluso, alguien de edad superior a la nuestra); nosotros, pues, los vetarros, los viernes, los pachiches, los rucos o rucailos (motes inusuales ahora, pero comunes en mis tiempos), vivimos en el limbo. Si me permites el forzado símil, somos la versión reciclada y puesta al día de la obra de Samuel Beckett, Esperando a Godot. A mucha honra.
—Los vejestorios, ciertamente, tenemos mucho que enseñar y trasmitir a las actuales generaciones, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos Celuláricos; pero, aunque no lo parezca, también mucho que aprender. Aún nos gusta explorarnos, aún nos descubrimos territorios propios donde jamás habíamos hincado la rodilla, si bien no demos en el clavo de cómo o por dónde empezar a colonizarlos ahora. Ni quién de nosotros piense en jubilarse de tal virtud que sólo te da el tiempo viejo. Más que recibir aplausos u homenajes (que, en lo personal, debo confesarte, me mueven el tapete), optamos por seguir activos recapitulando nuestras biografías y hallándolas más o menos dignas, nada importa lo ilusas, incompletas o contradictorias que hayan sido. Una de cal por las que van de arena histórica.
—No, viejo Bugs, dentro de mi senilidad no dejo de ser nuevo cada amanecer. Parte de esa novedad radica en la gratitud que guardo celosamente al hecho de poder, a estas alturas del partido, expresar mis sentimientos a través de la voz y la tinta. La otra parte la sitúo (con inevitable añoranza de mi pasado, no lo niego) en que siempre llevé a la práctica aquel dístico que tanto gustaba a Carlos Monsiváis, cantado por Consuelo Velázquez en su bolero Amar y vivir: “No quiero arrepentirme después / de lo que pudo haber sido y no fue”.
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