El PT, los CENDIS y el chantaje disfrazado de agenda social

El PT, los CENDIS y el chantaje disfrazado de agenda social

ALAMEDA

Redacción
Enero 20, 2026
  • Por: Dino Madrid

Hay formas de hacer política y hay formas de extorsionar con agenda social de fachada. Lo que el Partido del Trabajo está haciendo con la presidenta Claudia Sheinbaum no es presión legítima: es chantaje. Y no es la primera vez.
El PT condiciona su apoyo a la reforma electoral—una reforma necesaria para democratizar el acceso a los medios y reducir privilegios—a cambio de recursos millonarios para los Centros de Desarrollo Infantil (CENDI). Suena bonito: centros para la niñez, desarrollo infantil, inversión social. Pero cuando rascas un poco, lo que aparece no es agenda progresista sino negocio turbio que beneficia a un puñado de liderazgos de la estrella solitaria.

Esto no es nuevo. En 2019, el PT intentó exactamente lo mismo con López Obrador: acompañar la reducción de recursos a partidos políticos a cambio de presupuesto millonario para los CENDI. AMLO no cedió. La reforma no pasó, pero los liderazgos del PT quedaron expuestos como lo que son: operadores que usan causas sociales como moneda de cambio.

Ahora lo intentan de nuevo. Misma estrategia, distinto gobierno. Y el problema no es solo la presión—que en política puede ser legítima—, sino lo que hay detrás: un entramado de recursos públicos mal manejados, obras fantasma y presuntos desvíos que han obligado a distintas instancias a abrir investigaciones.

Cada año se autoriza presupuesto federal para los CENDI vinculados a Alberto Anaya, líder histórico del PT, y a su esposa. Millones de pesos que deberían traducirse en centros funcionando, niños atendidos, infraestructura digna.

La realidad es otra. En Nuevo León, al menos cuatro CENDI que impulsó el PT llevan más de 12 años abandonados. Obra gris en colonias marginadas. Estructuras a medio hacer que nunca se terminaron. Para arrancar su construcción se pagaron 78.8 millones de pesos. ¿Dónde quedó ese dinero? ¿Quién responde por las obras que nunca se concluyeron?

Muchas construcciones pagadas con presupuesto oficial jamás se terminaron y tienen más de una década en el olvido. Mientras tanto, los recursos públicos se transfirieron, se gastaron, se reportaron. Pero los centros no existen. Los niños no están siendo atendidos. Las comunidades siguen sin el servicio prometido.

Aquí está el nudo del problema: ¿son los CENDI una verdadera agenda social o son un mecanismo para canalizar recursos públicos hacia una red controlada por liderazgos específicos del PT?

Si fueran agenda social real, los centros estarían funcionando. Habría transparencia en el manejo de recursos. Habría rendición de cuentas clara. Habría resultados medibles: cuántos niños atendidos, en qué condiciones, con qué personal, bajo qué estándares de calidad.

Pero cuando tienes obras abandonadas por más de una década, presupuestos millonarios que se esfumaron, investigaciones abiertas por presuntos desvíos y una estructura que beneficia principalmente a un círculo cerrado de poder, entonces no estamos hablando de política social. Estamos hablando de otra cosa.

Lo que hace el PT no es defender una causa justa. Es usar una causa—la atención a la niñez—como palanca de extorsión política. Condicionan su voto, su apoyo, su acompañamiento a reformas importantes para el país a cambio de recursos que, la experiencia lo demuestra, no se traducen en beneficio social sino en opacidad y presunto desvío.

Eso no es ser aliado de la transformación. Eso es ser socio menor que cobra cuota por su apoyo. Y la cuota la pagan las y los ciudadanos con sus impuestos que terminan en obras fantasma y cuentas turbias.

El PT debería reflexionar seriamente sobre su papel en este momento histórico. La agenda política no la pone un grupo de liderazgos que buscan recursos para estructuras opacas. La agenda la marca el pueblo de México a través del Plan C: un paquete de reformas que responde a necesidades reales, no a intereses particulares.

Y aquí conviene recordar una de las máximas fundamentales de la Cuarta Transformación, una que el PT parece haber olvidado: tonto es aquel que cree que el pueblo es tonto.

La Cuarta Transformación nació con un principio claro: no más corrupción, no más uso patrimonialista del Estado, no más recursos públicos para beneficio de grupos de poder. Si ese principio significa algo, tiene que aplicarse también para los aliados incómodos.

No se puede combatir la corrupción histórica del PRI y el PAN mientras se tolera opacidad y presuntos desvíos en estructuras controladas por aliados políticos. No se puede exigir transparencia y rendición de cuentas hacia afuera mientras se mira para otro lado cuando el problema está en casa.

La presidenta Sheinbaum tiene frente a sí una decisión que definirá mucho: ¿cede al chantaje por mantener mayoría o sostiene principios aunque eso signifique conflicto con aliados? Porque si cede, el mensaje es claro: la transformación tiene precio. Y ese precio lo fija quien tenga capacidad de presión.

Si los CENDI son verdaderamente una prioridad social y no un mecanismo de control de recursos, el PT debería hacer lo siguiente: abrir sus libros, transparentar cada peso recibido, explicar por qué hay obras abandonadas por más de una década, rendir cuentas sobre los 78.8 millones gastados en Nuevo León, someterse a auditorías independientes y aceptar que los recursos para niñez no pueden estar condicionados a acuerdos políticos.

Si no están dispuestos a eso, entonces confirman lo que muchos ya sabemos: que los CENDI no son agenda social sino negocio de grupo. Y que su lealtad a la transformación dura exactamente lo que tarda en llegar la transferencia presupuestal.

Pero sobre todo, el PT debe entender algo: el pueblo no es tonto. La gente ve. La gente entiende. La gente sabe distinguir entre quién trabaja por la transformación y quién usa la transformación para trabajar por sus propios intereses.

Y cuando un partido que se dice de izquierda, que se dice del pueblo, condiciona su apoyo a reformas democratizadoras a cambio de recursos para estructuras opacas con obras abandonadas y presuntos desvíos, el pueblo lo entiende perfectamente. Y no olvida.

Tolerar esto tiene consecuencias. Erosiona la credibilidad del proyecto transformador. Normaliza prácticas que dijimos venir a erradicar. Manda el mensaje de que en política todo se negocia, todo tiene precio, todo se puede arreglar con presupuesto.

Y eso, compañeras y compañeros, no es transformación. Es la misma política de siempre con nuevos protagonistas.

La reforma electoral es importante. Democratizar el acceso a medios, reducir privilegios partidistas, fortalecer la democracia: todo eso es necesario. Pero no a cambio de alimentar estructuras opacas que usan causas sociales como fachada.

Porque si para avanzar en lo justo tenemos que ceder en lo turbio, entonces no estamos transformando nada. Solo estamos administrando la corrupción con otro discurso.

El PT tiene una oportunidad histórica de demostrar que su compromiso con la transformación es real. Que puede anteponer el interés colectivo a las agendas particulares de sus liderazgos. Que es capaz de acompañar el Plan C sin condicionamientos, porque entiende que esas reformas benefician a las grandes mayorías y no a unos cuantos.

O puede seguir por el camino que ya conocemos: presionar, condicionar, extorsionar con agenda social de fachada mientras el pueblo observa y saca conclusiones.

La historia de 2019 ya nos enseñó que estos métodos no funcionan cuando hay principios del otro lado. AMLO no cedió entonces. Ojalá que la presidenta Sheinbaum tampoco ceda ahora.

Porque el pueblo no es tonto. Y ya está cansado de que usen sus necesidades—la atención a la niñez, el desarrollo infantil, la inversión social—como moneda de cambio para negocios particulares.

El PT dirá qué elige. Nosotros ya sabemos qué eligió el pueblo. Y esa agenda tiene nombre: Plan C. No agenda CENDI. No agenda Anaya. Agenda del pueblo.

Y quien no lo entienda, pronto descubrirá que creer que el pueblo es tonto es el error político más caro que se puede cometer.

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