Columna Adogma

Mauricio Sosa

El país en un túnel digital

Adogma

Mauricio Sosa Ocaña
Octubre 30, 2026

Nos encontramos de lleno en la era de la auto producción de contenidos audiovisuales. Una gran mayoría de personas tenemos en nuestras manos todo un equipo de herramientas para la elaboración de videos. Y la posibilidad inmediata de difusión masiva de contenidos con imagen en movimiento, audios, textos, datos y más.

Con la particularidad exultante de ser guionistas, directores, musicalizadores y, sobre todo, protagonistas de nuestras propias creaciones videográficas.

Basta con aprender a utilizar un teléfono móvil con aplicaciones para editar imagen, audio y textos, conectarnos a internet y distribuir a través de las redes sociales cualquier tipo de contenido. ¡Cualquiera!

Contarnos historias es tan antiguo como la vida misma. La especia humana ha sobrevivido en gran medida a través de la narración de sus propias experiencias. En la actualidad lo hacemos con el placer de ser observado y de observar a otros. O quizás sea ansiedad, delirio por ser el objeto preferido del Gran Hermano.

Hoy, TikTok es nuestra telepantalla orwelliana a través de la cual filtramos la vida diaria. Nos miramos a nosotros mismos y miramos a los demás a través del poder de nuestra firma, por citar un slogan publicitario mexicano de hace décadas.

Nos volvemos materia prima del entretenimiento global, de la imagen y los datos que representa la red mundial. Damos vida al ministerio de la existencia. Allí compartimos una parte vital de nuestros deseos, ansiedades y fantasías: proyectar belleza, erotismo, sapiencia, experiencia, vitalidad, comicidad o tragedia. Algo de nosotros nos convoca a plasmar en video nuestra cara, cuerpo y voz.

Políticos, comediantes, burócratas, juventudes, personas adultas mayores, como Coraline (2009) en su túnel, se adentran a TikTok para vivir la vida alterna y experimentar la atención que, los padres de la protagonista, no le brindan. Aunque no sepamos quién nos ve ni con qué fines. Quizás queremos reconocimiento, poder, ganar unas elecciones, convencer a los demás de nuestra bondad o sabiduría.

Un túnel sabatiano inundado de explicaciones insuficientes para justificar el delito cometido y confesado. Eso me evoca TikTok. Pues espero a que la rotación terráquea oculte al astro rey del otro lado del planeta, para comenzar mi ritual y emprender el desliz digital frente a la pantalla sostenida en mi mano.

Como si la noche extendiera el permiso para el ocio, la vagancia digital, el entretenimiento fútil o el descubrimiento bibliográfico para el acervo de lecturas sobre la estantería. Me uno a los casi cien millones de usuarios tiktokeros de México. Abono mi granito de arena a los casi 57 por ciento de hombres nacionales asiduos a esta red.

Ninguno de los perfiles más populares de México o del mundo en esa ventana digital se caracterizan por la erudición en temas de género, diversidad o derechos humanos. No están obligados a serlo ni es requisito para usar esa plataforma. Lo cierto es que, hoy por hoy, casi nuestro país entero habitamos en ese túnel video digital.

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