Enrique Rivas columna Vozquetinta

Enrique Rivas

El muro también es marca ACME

VOZQUETINTA

Enrique Rivas Paniagua
Septiembre 6, 2026

Habrán sido todo lo ecocidas, violentas, tal vez hasta sádicas, que se quiera, pero a mí —y supongo que a todos los chavos de mi camada— las caricaturas del coyote y el correcaminos me hacían reír como enano. Más que al ave de burlesco beep-beep, admiraba yo al otro personajazo, el iluso canino de ceño torvo que, pese a su naturaleza cuadrúpeda, interpretaba muy bien el rol de animal bípedo. ¡Qué genio el suyo, caray! ¡Qué contradictoria fatalidad la de ser siempre la propia víctima indirecta de sus inventos! ¡Qué facultad de resucitación absoluta tenía después de precipitarse al desfiladero, quedar hecho puré por una gigantesca roca, salir volando en pedacitos tras la explosión de una carga de dinamita!

Algo que atrajo entonces mi atención hacia la serie del coyote y el correcaminos era su escenografía, idealizada, sí, pero representativa de uno de los paisajes que más disfruto: el desierto, sus enhiestos saguaros, sus llanuras infinitas, sus cerros-mesetas en el horizonte, sus cielos libres de nubes. (De ahí también mi predilección, léase: mi fanatismo, por el género western, mismo que hace muchos años me llevó hasta Durango a visitar ex profeso el set cinematográfico La Joya, alias John Wayne’s Ranch, para escribirle una crónica de viajes que publiqué en la revista Comunidad Conacyt).

Hoy me pregunto: ¿sigue correspondiendo fielmente el fondo geográfico de aquellas caricaturas al que ahora se ve en Coyote vs. ACME, el reciente episodio de Looney Tunes, producido en 2023 (cuyo reivindicado protagonista, por cierto, no ha dejado de ser propiedad intelectual de la Warner Bros., aunque los derechos de la película sean de otra distribuidora)? Y me respondo: sí y no. Sí, porque en ella se dice abiertamente que las escenas del coyote se filmaron en el desierto de Nuevo México, o sea, pegado a la frontera con nuestro país. No, porque falta un nuevo elemento: el muro de Trump, lo que, de haber sido incluido, habría puesto un irónico toque político a la trama, jugueteando, por ejemplo, con que alguna de sus persecuciones terminara en dejar al coyote embarrado ahí como calcomanía.

Traigo a colación lo anterior porque el Comité del Patrimonio Mundial de la Unesco, según nota periodística, “exhortó al gobierno de México a organizar una misión internacional urgente para evaluar los daños ambientales por el muro fronterizo” en la reserva de la biosfera El Pinacate y Gran Desierto de Altar, en Sonora… Berrendos, zorras, borregos cimarrones, tortugas del desierto, murciélagos, monstruos de Gila y víboras de cascabel, sin olvidar, desde luego, coyotes y correcaminos, son algunas de las 80 especies de mamíferos, reptiles y anfibios, más de 200 de aves residentes o migratorias y 500 de flora nativa, cuyo delicado hábitat ha dejado de ser trasfronterizo a causa de los infranqueables paredones levantados por Trump. ¡Un verdadero desastre ambiental!

Si llegó a decirse en tono de chunga que la famosa ACME, siglas correspondientes a la industria que tanto estafaba con sus extravagantes y chafas mercancías al chamaqueado coyote, eran las de una ficticia American Company that Makes Everything, a ver si no se les ocurre ahora a nuestros primos del norte equivalerlas a una racista America is Closed to Mexican Emigrants, o algo así, y usar como logotipo un correcaminos sacándonos la lengua. Tan loco está el presidente gringo que es capaz de instruir a su xenófoba Gestapo conocida como NICE que haga más redadas para cazar también, de paso, la fauna migrante de México y repatriarla, no a Sonora o Chihuahua, sino a Guatemala, Honduras o Costa Rica.

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