Ya he diseccionado en Vozquetinta la anatomía de un libro. No han sido pocos los artículos donde apliqué el bisturí a sus componentes, desde la portadilla hasta el índice y el colofón. Puse al microscopio el difícil arte de redactar prólogos cortos que contextualicen y arropen la obra sin competir con ella, el trasfondo sicológico que suele ocultarse en la selección que el autor hizo de los epígrafes, la trascendencia de empezar con un íncipit que impacte y atrape la atención para seguirse leyendo. Y acerqué la lupa al importante papel que juega la solapa, ese textillo anónimo que, de tan pretencioso, rara vez sirve de veras para orientar o, menos aún, motivar al lector.
En la mira he tenido también los aspectos técnicos de un libro, pensado como objeto. Si es de pasta dura o de pasta blanda. Si está cosido o sólo pegado al lomo. Si se conserva íntegro a pesar del manejo frecuente, o se despanzurra a las primeras de cambio. Si puede sostenérsele cómodamente con una mano al abrirlo, o hay que tomarlo con las dos, cuando no, de plano, ponerle el brazo encima para evitar que se cierre abruptamente. Si la textura y brillantez del papel son compatibles al tacto y a la vista, o provocan fatiga táctil y visual. En suma: el libro como caricia, como apapacho, no como potro de tormento.
Hay más gajes del oficio editorial que sólo tangencialmente he tratado aquí. Uno de ellos es la tipografía mal elegida, sobre todo si la fuente se caracteriza por ser densa, pesada y, en consecuencia, farragosa (¡qué va de mis preferidas Times New Roman, Calibri o Book Antiqua, tan ligeras y elegantes, a la choteada Arial, tan tosca!). Otro inconveniente es el del ancho exagerado de la caja, el espacio enorme entre párrafos, la excesiva cerrazón del interlineado. Y un tercer problema, el de la caótica distribución de las ilustraciones. ¡Cómo extraña uno en estos casos la creativa vocación artística de un Vicente Rojo y otros maeses del diseño gráfico de antaño!
(Dejo pendientes dos últimas cuestiones que son como oro molido para mí y hasta me atrevo a calificarlas de hermanas gemelas: la redacción y la corrección de estilo. A reserva de tratarlas al detalle en alguna columna posterior, me conformo por ahora con destacar su jerarquía en la escala de valores con que debe medirse cualquier producción bibliográfica. Anticipo, sin embargo, una confesión: nunca he llevado ningún curso formal de ellas. La escuela donde las aprendí no fue otra que la lectura directa, pausada, minuciosa, de obras literarias, fijándome bien en su sintaxis, su puntuación, su ortografía y, de paso, los criterios editoriales que aplicaron los revisores.)
¿Pruritos, exquisiteces, minucias? Tal vez, pero ni duda cabe que el hecho de que un libro tenga cierta forma u otra puede estimular o, por el contrario, inhibir a quienes aún nos negamos a divorciarnos del papel impreso. Si, como anotó Irene Vallejo, “gracias a los libros habitamos en la piel de otros, acariciamos sus cuerpos y nos hundimos en su mirada”, por lo menos, agrego yo, que esa piel, ese cuerpo y esa mirada estén bien redactados, bien revisados y, por favor, bien editados.
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