Enrique Rivas columna Vozquetinta

Enrique Rivas

Cada quién sus pendientes

Vozquetinta

Enrique Rivas Paniagua
Marzo 29, 2026

No me sorprendió hallar en el diccionario académico estas cuatro definiciones obvias para el adjetivo pendiente: “1) Que pende; 2) Inclinado, en declive: «terreno pendiente»; 3) Que está por resolverse o terminarse; 4) Sumamente atento, preocupado por algo que se espera o sucede: «todos estaban pendientes de las palabras del orador»”. En cambio, abrí los ojos de asombro cuando reparé en otra acepción, con mayor razón porque la tacha de mexicanismo, dando a entender que en el resto del mundo hispanohablante no suele emplearse con tal significado: “10) Preocupación”.

Para nosotros, pues, los desterrados hijos de México, lo pendiente es, antes que nada, preocupante. ¿Qué sucederá mañana o pasado cuando algo pendiente deje de serlo, cuando finalmente se desencadene, cuando pierda la categoría de probable y se convierta en hecho consumado? ¡Vaya dilema existencial el que nos agobia! Queremos que los pendientes tarde o temprano se resuelvan, o al menos que no sigan esclavizándonos, pero sentimos temor al pensar que la realidad no corresponda a nuestra expectativa idealizada. Mucho soñar, acaso, contra un despertar desilusionante.

«Un pendiente menos», decimos como sano consuelo cuando ponemos fin a uno de tantos apuros que rondan nuestra cotidianidad. Y enfocarlo así contribuye a paliar la angustia, aunque los demás pendientes se mantengan en compás de tolerante espera. No sé si esto sea cuestión de genes comunitarios, en gran medida raciales, o de herencia histórica y cultural, mestizada en lo ideológico durante los muchos siglos de formación de lo que solemos llamar lo mexicano; pero sin duda, el pragmatismo implícito en tal enfoque sirve bien de tablita de náufrago. Sin ésta, el puerto nos parecería inalcanzable.

Los problemas penden a veces como espada de Damocles sobre nuestras cabezas, y aun así nos movemos para encontrarles un porqué y sobre todo un paraqué. Lo hacemos por reflejo pavloviano, quizá por inercia; o por convencido voluntarismo, no exento de temeridad y arrojo. No nos importan entonces los peligros, aun a riesgo de perder la vida, mucho menos las críticas, sarcasmos e insultos a nuestra postura. Somos persistentes, obsesivos. Hasta nos satisface, muy en el alma, que no nos bajen también de locos.

Uno tras otro, caóticos o bajo control, los pendientes encauzan el día a día. Marcamos sus distancias para que no sobrepasen nuestra capacidad de afrontarlos, de ponerles palomita a los concluidos, de revisar nuevamente la lista de los que siguen al acecho. Desde este punto de vista, la palabra «preocupación» recobra su valor semántico original: «pre-ocupación»; es decir: lo previo, lo que está antes —¿o qué tal al mismo tiempo? — de la ocupación. Para no tener la salud mental pendiente de un hilo.

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