Dr. Otoniel Miranda Andrade
In memoriam
Durante veintinueve días de su centenaria vida, extinguida el pasado jueves 13, el doctor Otoniel Miranda Andrade fue gobernador del estado de Hidalgo y protagonizó uno de los quiebres más importantes de la historia regional: la desaparición de Poderes de 1975. Reintegrado al ejercicio profesional, dignamente sobrevivió medio siglo a ese notable golpe al federalismo mexicano. Por eso su biografía debe conocerse, y más, estudiarse.
Después de cursar un posgrado en el histórico puerto de Baltimore, en los Estados Unidos de América, ya establecido en Pachuca, pronto se distinguió por su desempeño como ginecólogo. Fue cuando empezó a tratar al gobernador Manuel Sánchez Vite. Quizá por el común origen serrano surgió una empatía entre ambos; así pasó del consultorio particular al servicio público con diversas responsabilidades en el sector salud cuyas instituciones tuvo a su cargo.
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De entonces se le recuerda y reconoce su disposición a incorporar gente joven a clínicas y hospitales, bien en la atención médica como en áreas administrativas. En esa ruta, el gobernador lo llevó al activismo político. Para un político profesional como Sánchez Vite no fue mera simpatía, era integrar de una personalidad más al equipo del cual intentaría lanzar a su sucesor.
Así fue. Con maestría y habilidad don Manuel encaminó los pasos del médico hacia el Palacio de Gobierno, sabedor de la dificultad de lograrlo habida cuenta del rompimiento, para entonces declarado, con el presidente de la República Luis Echeverría. Aparentemente el gobernador ganó la partida. Tengo otra percepción: el gobernador advirtió, cuando escuchó las palabras mayores, la gravedad de las consecuencias. Si bien Echeverría decidió por la opción más cercana a él, eso no aseguraba nada, al contrario, le advertía riesgos mayores. Dicho en términos llanos, no era ingenuo para creerse tanta belleza. La reciente desaparición de Poderes en el estado de Guerrero era un fantasma latente.
Después del ritual de campaña, la elección sin oposición y una gran toma de posesión a las siete de la noche del 1 de abril de 1975, encabezada por el presidente Echeverría en el entonces recién inaugurado Auditorio del Estado; el doctor Miranda asumió el cargo de gobernador ante la XLVIII legislatura local. Imperceptibles el acto protocolario, quedaron en el ambiente los detalles: el reclamo del gobernador en su discurso inaugural por el comportamiento de algunos funcionarios federales, contrario a las necesidades del pueblo hidalguense; en contraste doña Ma. Esther Zuno, esposa del presidente, al salir del recinto cruzó la plaza de acceso arengando a quienes se acercaban a saludarla a acabar con los caciques del estado. A la mañana siguiente Luis Echeverría entregó la Unidad Universitaria.
Aparecieron los primeros reclamos de continuismo, señalamientos de un poder transexenal. Transcurridas dos semanas inició la embestida federal a cargo del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, el mensaje era clarísimo: “para los toros del Jaral, los caballos de allá mesmo”; escaló en los días subsecuentes la andanada de ataques en la prensa nacional y empezó la llegada de diversos grupos acampados en el Parque Hidalgo.
El 28 de abril el gobernador Miranda desayunó en su casa, sobre la salida a Tulancingo, con el ingeniero Arturo Sánchez Jiménez, de ahí fueron al Palacio de Gobierno. La Plaza Juárez empezaba a llenarse de contingentes traídos de las entidades limítrofes. Al escucharse el estruendo de los vidrios rotos de las puertas principales y el ingreso de numerosas personas, el ingeniero Sánchez Jiménez hizo abandonar el edificio al gobernador, se dirigieron al aeropuerto y a bordo de una avioneta se trasladaron al de Atizapán, en la Ciudad de México el gobernador tramitó una visa urgente para los Estados Unidos. Ya en territorio norteamericano se enteraron de la desaparición de poderes decretada por la Comisión Permanente del Congreso de la Unión; atropellada pero bien organizada conclusión del mandato el gobernador Miranda.
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Sin ser el destinatario de la revancha presidencial, pero sí damnificado principal, optó por la discreción del galeno. No entrevistas ni declaraciones, no reclamos ni injurias; ninguna presencia pública y el regreso a su vocación. Pasadas décadas, en el gobierno del licenciado Francisco Olvera, el ex gobernador reapareció dignamente en la Cámara de Diputados, invitado a un informe de gobierno. Volver a lo suyo fue su resiliencia. Así trascendió Otoniel Miranda Andrade a su efímero gobierno. Así también, respetado y respetable, del plano terrenal un mes después de su centenario. DEP.
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