Con más de dos décadas dedicadas al arte textil, Laura Delgadillo Santos ha hecho del bordado no solo una forma de vida, sino una herencia cultural que preserva con orgullo desde su comunidad El Desdavi, en la Sierra Otomí-Tepehua.
“Soy originaria de El Desdavi y llevo aproximadamente 25 años bordando”, comparte. Su acercamiento a esta técnica comenzó desde la infancia, de la mano de su madre, quien bordaba en sus ratos libres para aportar ingresos al hogar. “Ella me enseñó. Primero me ponía a ‘madejear’ el hilo, porque se abre en dos, y de ahí fui aprendiendo, viendo y practicando”, recuerda.
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A lo largo de los años, Laura ha perfeccionado su técnica hasta convertirla en una actividad que hoy domina con seguridad. “Para mí ya no es difícil bordar”, afirma. Sin embargo, reconoce que cada pieza implica un reto distinto. Actualmente trabaja en un velo de novia, uno de los encargos más complejos que ha enfrentado.
El tiempo de elaboración varía según la prenda y el nivel de detalle. Una bolsa puede tomarle alrededor de 20 días, mientras que una blusa o camisa requiere cerca de un mes de trabajo. “Todo depende del llenado de la prenda, de qué tan detallado sea el bordado”, explica.
Aunque en un inicio el bordado representaba principalmente una fuente de ingresos, con el tiempo su percepción ha cambiado. “Antes lo veía como un trabajo, ahora lo veo como algo que es parte de mí. Ya no lo hago solo por lo que me van a pagar, también lo hago por gusto”, señala.
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Madre de tres hijos, Laura ha logrado sacar adelante a su familia gracias a esta labor artesanal. Aunque sus hijos mayores no continuaron con la tradición, el menor, de 16 años, ha mostrado interés en aprender el oficio, lo que abre la posibilidad de mantener viva la herencia familiar.
Entre las piezas que más disfruta bordar destacan las camisas, en las que puede plasmar diseños tradicionales llenos de color y simbolismo. No obstante, reconoce que el trabajo artesanal aún enfrenta retos importantes, especialmente en cuanto a su valoración económica.
“Aún falta mucho para que se valore como debe ser. Es un trabajo que lleva tiempo y dedicación, pero muchas veces la gente no lo paga como debería”, lamenta.
Actualmente, Laura comercializa sus productos tanto en su comunidad como a través de redes sociales bajo el nombre “Jilly Santos”, desde donde realiza ventas en línea y envíos a través de paqueterías como DHL y FedEx. Aunque las ventas se mantienen estables, considera que aún hay camino por recorrer para fortalecer el reconocimiento del bordado hidalguense.
Historias como la de Laura reflejan la importancia de preservar las tradiciones textiles de Hidalgo, donde cada puntada no solo construye una prenda, sino también identidad, memoria y sustento para cientos de familias.
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