La “cultura” criminal de las extorsiones en América Latina 

In Principio Erat Verbum

“El mundo no será destruido por aquellos que hacen mal, sino por aquellos que observan sin hacer nada”. 

Albert Einstein 

Es probable que uno de los principales factores para que la extorsión en nuestro país haya comenzado una carrera casi imparable desde hace más de 20 años, sea el rápido acceso a la adquisición de celulares y dispositivos inteligentes, y es que desafortunadamente, lo que para algunos se tradujo en beneficios como compras remotas, comunicación en casos de emergencias y acceso a la información, para los delincuentes se convirtió en un camino fácil para contactar víctimas y obtener información personal. 

El término extorsión proviene del latín (extorsio/extorquere), y hace referencia a la acción de usurpar, separar y arrebatar por fuerza una posesión a una persona; por otro lado, de acuerdo al Código Penal Federal se define como: un delito de alto impacto cometido por “quien sin derecho obligue a otro a dar, hacer, dejar de hacer o tolerar algo, para obtener un lucro para sí o para otro, o causando a alguien un perjuicio patrimonial…”. 

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Y aunque el crimen se ha establecido en dos categorías, la directa, que implica que el delincuente se presente físicamente y pretenda realizar un cobro con la finalidad de brindar seguridad o no hacer daño, y la indirecta, donde se hace uso de una línea telefónica, en la cual las más comunes son: 1) ofrecer un premio, 2) secuestro virtual de un familiar, 3) un familiar proveniente del extranjero detenido, y 4) el pago de deudas contraídas. 

Quizá hasta este punto, un amplio porcentaje de nosotros hemos recibido alguna llamada con al menos uno de los objetivos anteriores, pero, ¿en qué radica su popularidad? la respuesta se encuentra arraigada en algunos de nuestros miedos más profundos, ya que el temor, las amenazas y la violencia psicológica se arraigan de forma vertiginosa en nuestro interior bloqueando muchas de las respuestas lógicas, incluso quien recibe la llamada suele ser quien proporciona datos importantes como nombre, edad o apariencia física a los extorsionadores.  

De acuerdo a datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública hasta julio de este año se han denunciado 6,248 casos de extorsión que en comparación con las 4,703 del periodo en el 2021 significan un incremento de aproximadamente el 25%, incluso a pesar del esfuerzo entre los distintos organismos incluidas las policías cibernéticas nacionales y estatales, así como la operación en 2020 de la Base Nacional de Presuntos Números de Extorsión Telefónica o Fraude, este delito continúa en aumento y es uno de los más populares.  

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Es innegable que la tecnología ha evolucionado vertiginosamente por lo que en nuestros días los criminales también han modificado su forma de actuar utilizando hackers profesionales para detectar frases usadas de manera común, apodos o tonos de voz, lo que hace mucho más difícil identificar el engaño. 

Aunque, por otro lado, gracias a las redes sociales y a la “viralidad”, los extorsionadores se han visto expuestos, y usados como protagonistas de mofas públicas en cientos de vídeos y audios subidos a la red. 

La extorsión se alimenta del temor, de la sospecha de peligro, del horror de imaginar no volver a ver a nuestros seres queridos y aunque nos es difícil reconocerlo hoy nuestros datos personales se encuentran mucho más expuestos que hace un par de años; por eso es cada vez más necesario que enfoquemos nuestros esfuerzos hacia una cultura de la prevención y la denuncia, donde repensemos lo que compartimos en el ciberespacio y procuremos no quedarnos callados ante las injusticias. 

*Analista en temas de Seguridad, Justicia, Política y Educación.  

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