Ni cómo atajarlos. Son tantos, venidos de tantas partes, con tantos efectos y trayectorias que, por entrenados que estemos, por más cabeza fría que pongamos, por muy rápidos que sean nuestros reflejos, no alcanzamos a asegurar con precisión tamaños disparos. Y el bombardeo es peor en temporadas machaconas como la futbolística actual, cuando el fenómeno de una simple pelota rodando en la cancha excita a diseccionarlo en la sociología o la sicología de masas, a metaforizarlo con la existencia humana, a explicarlo desde una perspectiva tan vasta que no sólo incluya lo estrictamente deportivo, sino la geopolítica, lo trasmitido en medios y redes, el after celebrador de un triunfo aplastante (también, por desgracia, el aplastante after celebrador de un triunfo).
Dicha locura informativa extiende sus tentáculos incluso a las columnas de opinión. Unos más, otros menos, los columnistas acomodamos nuestros enfoques habituales a esta inevitable atmósfera. La marcha administrativa del país, la economía pública y privada, la salud colectiva, la educación institucional, la cultura personal y comunitaria, las hacemos girar, de manera directa o simbólica, en torno a un puñado de encuentros de futbol, al engranaje que los manipula, a las consecuencias sociales que acarrean. Seamos o no proclives al fanatismo de tales espectáculos, nos sirven de leitmotiv para equipararlos con los tópicos que usualmente tratamos. No hacerlo, pensamos, sería como vivir en la Luna y dirigir nuestro mensaje a uno o dos lectores igual de lunáticos que nosotros.
El futbol mundialista impone un ritmo distinto a los problemas que regularmente enfrentan las sociedades involucradas. Suele sacar del inconsciente aquellos nacionalismos que van más allá de un sano amor por la patria y exacerbarlos; para ello basta poner como muestra el ideologizante partido entre Argentina e Inglaterra en 1986, incluida la “mano de Dios” de Maradona. Y en ese mismo contexto de reivindicación patriotera, cabría situar acaso el encuentro de la selección mexicana contra la inglesa en 2026, justo seis décadas después de aquella derrota traumática que sufrió en el estadio de Wembley. Nomás falta una ruidosa serenata nocturna al equipo contrario, como de manera antideportiva y más que vergonzosa pagó una horda de mitoteros nuestra anfitrionía a los jugadores de Ecuador.
Explosión noticiosa inclemente. ¿En qué parámetros situar las condiciones impuestas por un espectáculo que pone de cabeza al mundo cada cuatro años? ¿De qué modo superar o trascender lo que normalmente sería un simple marco de referencia? ¿Qué criterios de análisis aplicarle sin caer en el ripio, el lugar común o el descubrimiento del hilo negro? La única respuesta que tengo a estas preguntas es otra interrogante: ¿cómo enfrentarla sin morir en el intento? Y si antes se decía “Ni yendo a bailar a Chalma” como frase de consolación ante una acción que de antemano se sabe inútil, hoy, no puedo evitarlo, caigo en el mismo juego al que me obliga la ocasión; “Ni yendo a festejar al Ángel”.

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