Por: Miguel Ángel Tello Vargas
Este domingo, en un Monumento a la Revolución abarrotado y con réplica en plazas de treinta y un entidades (Coahuila quedó fuera por su jornada electoral, en un gesto de no intervención), la presidenta Claudia Sheinbaum rindió cuentas a dos años del triunfo que la llevó al poder. Recordó que cerca de 36 millones de votos respaldaron el proyecto y desgranó resultados concretos: la semana laboral de 40 horas, la expansión de los programas de bienestar, las becas, la salud casa por casa. Pero lo más relevante del discurso no fue ninguna cifra, sino el marco que las ordenó. Más que un corte de caja, la presidenta ofreció una tesis. El eje del mensaje (soberanía, economía y continuidad) no es un trío de consignas: es una arquitectura de Estado expuesta justo cuando México entra a la negociación más delicada de la década.
Conviene leerlo con el lente correcto. El 1 de julio se abre formalmente la revisión del T-MEC, ese acuerdo que articula cerca de un tercio de la economía mundial y que, a diferencia de su antecesor, fue diseñado con una cláusula de revisión cada seis años. Antes de esa fecha ya ocurrió la primera ronda de conversaciones en la Ciudad de México, y están agendadas otras dos: Washington a mediados de junio y, de nuevo, la capital mexicana hacia el 20 de julio. La conversación arrancó por donde más aprieta: seguridad económica y reglas de origen. No es casualidad que el mensaje presidencial llegue precisamente en esta ventana.
Porque la soberanía que se invoca hoy no es la del discurso decimonónico ni la de la autarquía. Es algo más fino y más difícil: la autonomía de decisión dentro de la interdependencia. México y Estados Unidos no son dos economías que negocian a distancia; son una sola cadena de valor cosida a lo largo de cuarenta años. Esa es, a la vez, nuestra mayor vulnerabilidad y nuestra mayor palanca. El error analítico de quienes piden “plantarse” sin matices, es ignorar que la asimetría existe; el error simétrico de quienes piden ceder de antemano es ignorar que la integración también “ata las manos del más fuerte”.
La administración de Trump ha desplegado, en estos meses, prácticamente todo el repertorio de presión por la vía comercial. Aranceles a automóviles, acero y aluminio que golpearon a la industria nacional. El expediente del fentanilo convertido en argumento para condicionar el comercio. Y, sobre la mesa, la amenaza de mayor calado: dejar expirar el tratado y empujar a México y Canadá hacia acuerdos bilaterales separados, fragmentando el bloque para negociar a cada socio por su cuenta.
Pero la presión del siglo XXI ya no transita únicamente por las aduanas. Y aquí el mensaje de hoy fue explícito en un segundo frente. Tras los episodios de Chihuahua (la presencia de agentes extranjeros operando en territorio nacional) y de Sinaloa, la presidenta denunció una campaña coordinada de desinformación articulada por la derecha mexicana en sintonía con sectores conservadores de Estados Unidos, Argentina y España. Su tesis es directa: existe una ultraderecha internacional que busca posicionarse de cara a los comicios estadounidenses de 2026 y, en el mismo movimiento, intervenir en las elecciones mexicanas de 2027. “En México decide el pueblo”, dijo la presidenta; no hay electores externos ni se permitirá que el país sea usado como plataforma de las pugnas políticas de otros.
Conviene tomar esto en serio como fenómeno geopolítico, más allá de la coyuntura partidista. La injerencia contemporánea rara vez llega ya con cañoneras: llega como soft power invertido, como redes transnacionales que comparten consignas (patria, familia, libertad), financiamiento y arquitectura mediática para erosionar la legitimidad de gobiernos que no les son afines. Y aquí la presidenta puso el dedo en la llaga con una frase que sintetiza el momento: “La patria no se vende, se ama y se defiende”. El verbo importa, porque lo que está en juego es, justamente, una operación de compra. Recursos que pagan espacios y voceros; una narrativa fabricada a la medida entre élites estadounidenses y la derecha mexicana; y el propósito de recuperar por la vía del relato lo que se perdió en las urnas. Detrás del lenguaje de la libertad late un interés mucho más prosaico: que la riqueza siga concentrada en pocas manos y que el control regrese a quienes lo ejercieron durante décadas. No defienden a México, defienden su negocio.
La soberanía, en esta era, también se disputa en el espacio informativo, y reconocerlo no es paranoia: es alfabetización estratégica. Por eso el llamado central del mensaje fue a la unidad nacional y a no someterse. Una patria que no está en venta empieza por una ciudadanía que no se deja comprar: una nación dividida es permeable; una nación cohesionada es difícil de capturar desde fuera.
Frente a ese tablero, lo notable no es que el gobierno haya resistido la presión, sino “cómo lo ha hecho”. La fórmula que el secretario Marcelo Ebrard resumió en cuatro palabras: “cabeza fría y firmeza” describe una doctrina deliberada. Cabeza fría: no responder a la provocación arancelaria con escalada, sostener la estabilidad macroeconómica, cuidar la paridad y blindar la inversión. Firmeza: fijar como innegociables la permanencia del T-MEC y el retiro de los aranceles, y no aceptar que la agenda de seguridad se use como ariete para vaciar la soberanía. Es la diferencia entre la dignidad y la testarudez, entre negociar de pie y negociar de rodillas.
Hay aquí una lección de geopolítica que conviene nombrar. En un mundo que se reordena por bloques (con el desacoplamiento entre Washington y Pekín y el nearshoring moviendo capital hacia Norteamérica), México no es un “convidado de piedra”: es la pieza que decide si el bloque gana competitividad o la pierde. De ahí que la mejor defensa de la soberanía no sea el repliegue, sino la diversificación inteligente: estrechar con Canadá, multiplicar interlocutores. Quien tiene más de una puerta abierta negocia distinto que quien depende de una sola.
Aquí el discurso de hoy hiló su argumento más fino. La presidenta contrastó el presente con las tres décadas en que la política económica se dictaba desde el exterior y se toleraba la injerencia estadounidense en buena parte de las decisiones de la vida pública nacional. La presidenta recalco algo, sumamente importante: hoy en México gobierna el pueblo. El trasfondo es de economía política, y vale la pena nombrarlo: la soberanía externa no se sostiene sin autonomía interna. Un país que distribuye la riqueza desde abajo (el humanismo mexicano, la cobertura social que alcanza a decenas de millones, la semana de 40 horas) construye la base material que vuelve creíble cualquier defensa de la soberanía en la mesa de negociación. No se puede ser independiente hacia afuera y dependiente hacia adentro.
Por eso el balance de estos dos años (y 6 de Andrés Manuel) se sostiene. Mientras desde el norte llegaban embates casi semanales, la economía conservó su rumbo, la moneda aguantó y el país no fue arrastrado al pánico que algunos auguraban. Eso no es suerte: es resultado de decisiones (económicas y políticas) tomadas con método. El mensaje de hoy, en ese sentido, fue a la vez un informe hacia adentro y una señal hacia afuera. Hacia adentro: la transformación tiene respaldo y continuidad. Hacia afuera: México llega a julio con cohesión interna, que es la materia prima de toda negociación seria.
Quedan, por supuesto, riesgos reales. La revisión puede tensarse, los aranceles pueden no retirarse al ritmo deseado, y la tentación de Washington de bilateralizar seguirá ahí. Nadie debería vender la película de que la firmeza garantiza el resultado. Pero la firmeza con cálculo sí mejora las probabilidades, y eso es lo máximo que la geopolítica le concede a un país de nuestro tamaño relativo.
Lo demás es cuestión de nervios, de método y de unidad. México ha demostrado que tiene los tres. La soberanía, en 2026, no se grita: se administra con cabeza fría en la mesa de negociación y se blinda con cohesión social frente a quienes la disputan en las redes. La presidenta cerró su mensaje invocando la honestidad y el amor a la patria; conviene leerlo no como retórica, sino como método de gobierno. La cita comercial es el 1 de julio. La cita cívica (no dejarse dividir ni someter) es todos los días.
El autor es consejero estatal y nacional de Morena y titular de la Unidad de Planeación y Prospectiva del Gobierno del Estado de Hidalgo.
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