Jorge Romero El Faro

Jorge Romero

Segunda oportunidad

El Faro

Jorge Romero
Enero 9, 2026

Ahora que lo pienso el dolor comenzó el lunes 15 de diciembre. La molestia la atribuí a algún alimento en mal estado.  Y así pasaron algunos días. Estimé que con comer sano y ligero sería suficiente. Pero el miércoles 17 de ese mismo mes el malestar aumentó. Por la noche de ese mismo día pensé que al otro día ahora sí iría con un médico para ver qué pasaba.

El jueves busqué un consultorio de esos que están conectados con una farmacia. Después de explorar mi estómago, la doctora que me revisó diagnosticó que mi dolor no provenía de una simple infección. De manera muy profesional, lo cual le agradezco infinitamente, indicó que lo mejor era que fuera a un laboratorio para que me hicieran un ultrasonido abdominal y un análisis de sangre. Además dijo que era urgente que me los hicieran.

Después de consultar en un par de laboratorios, la cita más rápida fue para el viernes 19 de diciembre al mediodía. Después de ayunar, llegué al mediodía y la encargada de hacerme el ultrasonido fue clara: lo mejor era que fuera cuanto antes a urgencias, pues el estudio reflejaba que el apéndice estaba inflamado, lo cual era peligroso pues de reventar el desenlace podría ser fatal. Una advertencia que no se puede tomar a la ligera.

Con el apoyo de mis padres, que me acompañaron en todo este trajín, fui al área de urgencias de la clínica del IMSS que tengo asignada. El médico que me revisó confirmó que lo que tenía era muy probablemente apendicitis, y rápidamente me canalizó al Hospital General de Zona 36 del IMSS, el cual está equipado para atender enfermedades que requieran cirugía.

Por supuesto tuve que esperar y todavía pasé a un consultorio de Triage, donde la médica que me atendió confirmó los síntomas y ordenó mi hospitalización. Lo siguiente fue esperar a que hubiera un espacio disponible para ser intervenido cuanto antes. Quizá una hora despúes, a eso de las 9 o 10 de la noche, tres médicos me visitaron para decirme que el mal que tenía requería operación urgente, y que había oportunidad para que esa misma noche pasara a quirófano. Fueron muy claros de los riesgos inherentes a una apendicectomía, pero también me tranquilizaron explicándome que era muy poco probable que ese negro escenario ocurriera.

Como fuera, sabía que no tenía muchas opciones, así que firmé el documento que hacía patente que conocía los riesgos de la operación. A las 0 horas del sábado entré al quirófano, pero antes dos anestesiólogas me explicaron otros riesgos y qué debía hacer para que el adormecimiento funcionara. No fue fácil la aplicación de la inyección que me mandaría semiinconsciente a la intervención, pero al final todo caminó bien.

Aunque sea difícil de creer, la operación no fue una experiencia amarga. Me concentré en observar la lámpara quirúrgica, que encontré hermosa. Era como si decenas de ojos plateados y cristalinos me estuvieran observando, brillantes. El quirófano lo recuerdo reluciente, impecable. El hospital donde me operaron tiene unos cinco años de funcionamiento, por lo que está prácticamente nuevo. Nada qué ver con la imagen que mis recuerdos guardaban de las clínicas de los años ochenta o noventa.

Los médicos que estuvieron a cargo de mi operación eran jóvenes. Quizá anden en sus treinta años. Pusieron música mientras me intervenían. Era rock en español, pero reciente. Recuerdo que escuché canciones de Zoé y Enjambre. El escuchar música durante la operación me relajó. Imaginé que estaba en un bar lujoso con muy buena música. En algún momento debo haberme quedado dormido, porque lo siguiente que recuerdo es cuando me llevaban en camilla a la sala de recuperación. En ese lugar la música fue sustituida por el silencio y los sonidos de los aparatos que monitorean a los pacientes.

Era la madrugada del sábado 20 de diciembre. Afuera debía hacer mucho frío, porque el personal que atendía a los enfermos estaba muy abrigado. No podía dormir. No sabía si había salido bien la operación, pero suponía que sí puesto que ya estaba descansando en una cama con suero mientras recibía la visita esporádica de enfermeras que revisaban que todo fuera bien.

Después de algunas horas me subieron al cuarto piso, donde ya pude estar acompañado de mis seres queridos. Estuve en observación hasta el martes 23 de diciembre, fecha en que me dieron de alta porque mi cuerpo respondió bien. Esos cuatro días de convalecencia recibí las mejores atenciones del personal del IMSS. Enfermeras, enfermeros, camilleros, médicos, administrativos, personal de limpieza. Fui testigo del esmero que ponen en su trabajo. Por eso todo funcionó bien, como un reloj que camina sin tropiezos. Las atenciones de enfermería en la madrugada, la limpieza metódica, las comidas que llegan puntuales.

Por eso el pasado fin de año no fue como los anteriores. Me perdí algunos brindis y festejos, pero sí logré cenar con mi familia en Navidad. Recibí una segunda oportunidad. Gracias infinitas a quienes con sus deseos y con sus manos lo hicieron posible.

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