Chequia es casi el corazón de Europa. Al menos lo es en términos geográficos. Se encuentra en medio de los países que protagonizaron y fueron escenario de atroces crímenes, principalmente los de la segunda guerra mundial.
Rodeada por Alemania, Polonia, Hungría y Austria, Chequia es la parte oeste de lo que fue la socialista república de Checoslovaquia, luego de dividirse en 1993 de Eslovaquia. Su capital, Praga, es una de tantas Cosmópolis en donde se situó el poderío alemán para operar sus estrategias durante el nazismo.
En la actualidad, diferentes reportes de organismos internacionales han documentado altos índices de violencia en las parejas (hombres violentando a sus parejas mujeres). En 2023, el Instituto Europeo de la Igualdad de Género señaló que alrededor de 90% de víctimas de violencia en las parejas fueron las mujeres. La forma más común fue la violencia física.
En 2021 se registraron denuncias de mujeres jóvenes contra, en ese entonces, el diputado Dominik Feri, del partido TOP09. Lo señalaron de haberlas violentado sexualmente. En ese contexto hubo algunas declaraciones de otros políticos desestimando los hechos al señalar: “¿Qué un joven de 25 años quiere llevarse a una chica a la cama? Siempre ha sido lo normal, no seamos hipócritas” (Karel Schwarzenberg, exministro de Relaciones Exteriores).
Ese legislador de Chequia, el más joven en su momento, fue investigado y declarado culpable. Cumplió una condena de tres años de cárcel por distintos delitos sexuales, alguno cometido en instalaciones del parlamento de su país.
En México se ha documentado que siete de cada diez mujeres mayores de 15 años han padecido algún tipo de violencia. Desde violencia psicológica, sexual, física, económica y discriminación. Dentro de los hogares o en las calles, las mujeres mexicanas conocen la violencia de género.
Esto es considerado como un fenómeno estructural y sistemático, porque se manifiesta desde las familias, las escuelas, las instituciones públicas y de gobierno; en los trabajos, en las empresas, en los equipos deportivos, entre otros espacios.
Sin duda, el juego del miércoles entre México y Chequia, que ganó nuestra selección nacional de forma contundente, ha sido motivo para sentir euforia. ¿Cómo servirnos del ímpetu deportivo mundialista para hacer visible la violencia de género?
Considero pertinente la pregunta, más cuando en dicho juego -por un breve instante- volvimos a escuchar en el estadio el grito homofóbico por el cual hemos sido noticia mundial, y además nuestro país ha recibido sanciones internacionales por gritar a coro y a todo pulmón una palabra con orígenes latinos antiguos, asociada desde sus inicios a una práctica sexual.
Ojalá repitamos la emoción de cada partido. Volvamos a sentir la ilusión de ser mejores que los demás en cada juego. Que no nos baste un gol, un triunfo, un torneo. Porque siempre queremos más. Y también por ello, nos demos la oportunidad de crear formas no violentas de expresar nuestra efusividad futbolera.
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