A propósito de la situación en su país, el escritor cubano Leonardo Padura refiere la apreciación de una amiga suya quien desde París le dice tener la sensación de un mundo cuyo giro dejó de ser en círculos y ahora lo hace a trompicones. También la de otra, residente en Bruselas, compartiéndole su miedo de cada mañana al abrir el periódico y encontrar una noticia peor a las del día anterior. (Milenio, 15/3/26).
Con su lenguaje sencillo ambas expresiones traslucen la incertidumbre del azaroso día a día generada por el surgimiento de una geopolítica abundante de novedosas variables, algunas inimaginables hasta hace pocos meses.
Vivimos en permanente asombro, asimilado al límite de la normalidad. Sin embargo, estamos frente a un fenómeno más complejo de explicar, tan sofisticado como puede ser el tránsito de un estado de cosas acotado al apego a la ley y el respeto a las instituciones, a otro disruptivo y de cambios impulsados e impuestos por la realpolitik.
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La sustitución de los equilibrios y procesos estables, consolidados en las décadas recientes, mediante un ejercicio pragmático del poder, obligan a un ejercicio de permanente observación, no solo para entenderla, acaso más, para vislumbrar los nuevos paradigmas hacia la segunda mitad del siglo.
Después de la abrupta sustitución del presidente de la República Bolivariana de Venezuela y su presentación ante una corte de Nueva York, propuse a la abogacía mexicana iniciar un diálogo en torno a la vigencia – tal como se entienden y aplican al día de hoy -. de dos conceptos fundamentales para el futuro inmediato: soberanía y presidencialismo. Señalé en este mismo espacio lo caduco del discurso tradicional y urgí a la innovación sensible de abusos, debilidades e incongruencias cometidas en su nombre, generadas por el desgaste democrático y la obsolescencia constitucional.
Es la necesidad de avanzar hacia una adecuación de los principios nacionales de acuerdo a las condiciones imperantes en el mundo, de ninguna manera suprimirlos, ni siquiera abdicar de ellos. Sería actualizarlos mediante un diseño congruente con el nuevo orden, y contener la normalización del atropello a los principios fundacionales. Se trata de evitar la ruta hacia un país donde el cinismo jurídico sea el manto del Estado.
Insisto ahora en la conveniencia de repensar nuestra soberanía en sus planos exterior e interior. Dos acontecimientos la evidencian: en la ámbito internacional, el inédito trato a la Jefa del Estado desde la Casa Blanca y la aparición del Escudo de las Américas, iniciativa de alcance regional del presidente Trump, sin la inclusión de México; esto en el contexto de la revisión del T-MEC.
En el nacional, la anunciada iniciativa presidencial de reformas constitucionales conocida como Plan B, con tres ejes centrales: reducción de diputaciones en los congresos locales, disminución de integrantes de ayuntamientos, y más procesos de consulta popular; trasmite la voluntad de homogeneizar los espacios de representación en las entidades federativas, a contracorriente de las características del sistema federal garante de la diversidad regional.
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En ambas circunstancias el principio constitucional está sometido a tensiones de gran calado por ser un valor fundamental del Estado mexicano y del Pacto Federal para conformar la república.
De la primera es la divisa mexicana en el orden internacional; en la segunda, el elemento cohesionador de las entidades federativas. Si esto es así, ¿qué hacemos con la soberanía?
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