Corría el año 1942 cuando Fernando Soler dirigió y protagonizó la película Qué hombre tan simpático. Ahí, en una de esas clásicas escenas cabareteras de la cinematografía mexicana, la actriz Gloria Marín cantó y bailó una sabrosa conga, ritmo entonces de moda, compuesta por Manuel Esperón y Ernesto Cortázar: El apagón. No era, por cierto, una canción ingenua o inocente, porque el asunto que trataba, si bien de manera humorística, aludía a una relación circunstancial incestuosa. El tema alcanzó todavía más fama cuando meses después lo grabó Toña la Negra, y resucitaría en 1991 en un exitoso cóver con la cantante Yuri.
El contexto histórico explica bien su contenido. Eran tiempos de la Segunda Guerra Mundial y tanto en México como en otras naciones se llevaban a cabo blackouts, o sea, los obligados cortes nocturnos de electricidad para que los bombarderos alemanes no pudieran cumplir su misión destructiva sobre las ciudades de los países que no formaban parte del Eje. Chabelita, mi madre, solía platicarme que a sus 26 o 27 años de edad le tocó vivir en Tampico tales apagones, lo que también obligaba a la gente a encerrarse en sus casas, e incluso, aunque hoy nos parezca exagerado, a comunicarse en voz baja entre sí.
Hay, sin embargo, de apagones a apagones. Ahora sabemos de otro, practicado en núcleos urbanos de varias entidades gringas (Arizona, California, Colorado, Georgia, Maine, Michigan, New York, no se diga Minnesota) y aun de Europa (Madrid). Se diferencia de aquellos de los años cuarenta del siglo XX en que el papel estrella no lo juega ya la luz eléctrica sino la protesta masiva contra el omnímodo poder presidencial en Estados Unidos, a fin de «apagar» los abusos que ejerce mediante el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés).
Sus consignas discursivas son rotundas: “No trabajar, no ir a la escuela, no comprar”. Esos imperativos suenan bastante insólitos en un país donde toda su vida ha dominado la ideología contraria. Y a la fuerza de este movimiento espontáneo (por más que el tal Trump lo demonice como deliberado y, desde luego, con fines terroristas), se suman reacciones que no veíamos desde los plantones protestosos que caracterizaron a la época de la presencia militar yanqui en Vietnam. Me refiero, claro está, a la de Bruce Springsteen, cantando su Streets of Minneapolis en pleno corazón de la urbe más ofendida por el trumpismo.
Quizá es demasiado pronto para extrapolar resultados definitivos de este inusitado “apagón nacional”, como lo plantearon las organizaciones de defensa de personas migrantes a raíz de la conmoción producida por el asesinato de un par de ciudadanos estadunidenses cuyo único «delito» fue manifestar su desacuerdo ante las brutales redadas migratorias. Pero cabe desear que podrían ser el inicio de una secuela de acontecimientos populares que hagan tambalear a las nuevas posturas políticas, dominantes de unos años a la fecha en varias partes del mundo. Ojalá. Acaso así superemos lo expresado también en uno de los sensuales versos de El apagón, esa frase que ubicaba el suceso como algo ocurrido, según el letrista Cortázar, durante “aquella terrible oscuridad”.
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