Morena vs Morena: el arte de no saber para qué es el poder

Morena vs Morena: el arte de no saber para qué es el poder

El poder rara vez se pierde por falta de votos; casi siempre se pierde por exceso de soberbia.

Jorge G. Correa
Febrero 5, 2026

Cuando uno revisa las encuestas nacionales y los resultados electorales, queda claro que la oposición, por más estridente que sea, es débil. Sin embargo, los recientes casos de Adán Augusto López, Layda Sansores y Miguel Tello muestran que Morena parece no saber vivir sin pelearse y comienza a darle cuchilladas al poder que conquistó.

El primer episodio fue la caída de Adán Augusto López. El tabasqueño cometió uno de los errores más comunes en la política: creer que el poder del cargo le pertenece a la persona y no al momento. Pero el poder siempre es temporal.

Cuando las condiciones cambiaron, ese mismo poder lo exhibió y lo dejó en una posición vulnerable. Lo más llamativo es que los señalamientos surgieron desde su propio partido, abriendo la puerta a cuestionamientos sobre presuntos vínculos entre su gestión y la delincuencia organizada.

El caso deja ver que dentro de Morena sobreviven prácticas que durante años fueron señaladas como parte del viejo régimen.

Otro ejemplo es Layda Sansores, quien ha colocado a la 4T en una crisis política en Campeche. Diputados locales rompieron con la gobernadora tras negarse a aprobar un endeudamiento por mil millones de pesos. La respuesta fue el envío de policías ministeriales, un movimiento que recordó prácticas autoritarias del pasado.

En el caso de Layda, ahora las opiniones dentro de Morena se dividen, dejando entre la espada y la pared a distintos actores políticos y golpeando la percepción pública del partido. La gobernadora terminó generando un dilema interno: respaldar la narrativa de transformación o justificar acciones que contradicen ese discurso.

En el plano local aparece Miguel Tello, secretario de Planeación, quien ha sido expuesto mediante filtraciones, trascendidos y publicaciones en medios locales y nacionales. Más allá de que los señalamientos deben investigarse con seriedad, el patrón se repite: disputas internas que terminan debilitando la imagen del propio movimiento.

El problema de fondo es la falta de control político y narrativo. Cuando las confrontaciones parecen originarse desde dentro del propio poder, el mensaje hacia la ciudadanía es devastador. Y si no son dirigidas desde la cúpula, el escenario resulta aún más preocupante: actores internos operando agendas personales mientras el proyecto colectivo se desgasta.

Morena ha demostrado eficacia para ganar elecciones, pero gobernar exige disciplina, institucionalidad y cohesión, elementos que comienzan a diluirse entre protagonismos y luchas internas.

En Hidalgo, el fenómeno no es distinto. El movimiento que prometía romper inercias empieza a replicar prácticas que antes criticaba. Quizá porque muchos cuadros no participaron en la construcción ideológica del proyecto, sino que llegaron cuando el poder ya estaba consolidado. Y cuando el poder se convierte en botín, la transformación corre el riesgo de quedarse en discurso.

La historia política mexicana demuestra que los partidos suelen derrotarse solos. Morena, con mayoría electoral y control territorial, enfrenta su mayor amenaza no en la oposición, sino en sus propias fracturas.

Porque cuando un movimiento pelea más hacia adentro que gobierna hacia afuera, comienza a escribir su propio desgaste.

El poder rara vez se pierde por falta de votos; casi siempre se pierde por exceso de soberbia.

crs