Hidalgo presume cifras que hace poco parecían lejanas. El más reciente reporte del Instituto Nacional de Estadística y Geografía confirma una reducción de 5.7 puntos porcentuales en el indicador de pobreza laboral durante el último año. En términos simples: más familias pueden adquirir la canasta básica con el ingreso de su trabajo.
No es un dato menor. Pasar de 43% a 37.4% implica que miles de hogares dejaron de estar en el límite más frágil de la economía. El movimiento no ocurrió por inercia. El empleo formal en el sur del estado, impulsado por actividades logísticas y manufactureras, comenzó a reflejarse en ingresos más estables. Hidalgo dejó de mirar el tablero desde abajo y empezó a corregir la tendencia.
Pero sin protocolo: mejorar no es lo mismo que consolidar.
Mientras en Querétaro la caída fue más pronunciada, en Hidalgo el avance es gradual. Eso habla de constancia, pero también de vulnerabilidad estructural. Aquí el margen es estrecho. Un repunte inflacionario o una desaceleración industrial puede revertir en meses lo que tardó un año en construirse.
La economía estatal sigue sostenida sobre una base frágil: alta informalidad, salarios contenidos y una dependencia fuerte del dinamismo metropolitano. Aunque el salario mínimo ha crecido en términos nominales, el verdadero reto está en la formalización y en elevar la productividad. Sin eso, el crecimiento se vuelve estadístico, no estructural.
A la par, emerge un fenómeno silencioso: la baja natalidad. Municipios como Mineral de la Reforma y Tulancingo muestran una disminución sostenida en nacimientos. No es una moda demográfica aislada. Cuando el ingreso apenas alcanza para cubrir lo indispensable, la decisión de tener hijos deja de ser aspiracional y se convierte en cálculo. Primero garantizar estabilidad, después pensar en ampliar la familia.
Hidalgo se mueve a dos ritmos. Uno que presume inversión y mejores indicadores. Otro que sigue midiendo el gasto semanal con cautela. La estadística afirma que somos menos pobres. La vida cotidiana responde que el equilibrio es precario.
Salir de la pobreza laboral no significa entrar en prosperidad. Significa, apenas, cruzar la línea que separa la insuficiencia del respiro. Y en una economía como la nuestra, ese respiro depende de que el empleo formal se sostenga, que los precios no se disparen y que la política pública entienda que el objetivo no es celebrar puntos porcentuales, sino construir estabilidad duradera.
El avance es real. Pero también lo es la advertencia: si no se fortalece la base productiva y se reduce la informalidad, esos 5.7 puntos pueden convertirse en un espejismo estadístico.
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