El momento crítico que se vivió este 22 de febrero en la zona occidente del país dejó muchas lecciones. También exhibió la mezquindad de quienes fueron incapaces de detenerse un minuto a reflexionar antes de comunicar hechos graves.
Mientras las fuerzas armadas trasladaban a Nemesio Oseguera Cervantes, alias El Mencho, moribundo, en una aeronave rumbo a Morelia para brindarle atención médica e intentar salvar al líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, en distintas plataformas digitales comenzaron a circular videos alterados con inteligencia artificial o imágenes de otros hechos violentos presentadas como actuales. La prisa por ganar interacción pudo más que la responsabilidad de verificar.
Está el caso del Aeropuerto Internacional de Guadalajara, donde se difundieron versiones falsas mientras se vivían horas críticas. Se compartieron videos de otros países y de otros momentos como si correspondieran a la jornada. El objetivo no parecía informar, sino sembrar pánico.
En paralelo, mientras en Puerto Vallarta, Guadalajara y otras zonas de Jalisco se reportaban bloqueos y vehículos incendiados, hubo voces más preocupadas por especular sobre la cancelación de un mundial de fútbol que por dimensionar la crisis de seguridad.
Personajes como Fernando Cevallos, David Faitelson o Javier Alarcón, entre otros, dejaron la impresión de que, en medio de una emergencia, lo importante no era aportar información útil sino generar interacción. En un entorno saturado de incertidumbre, cada mensaje amplificado sin contexto contribuye a la confusión.
También aparecieron dirigentes partidistas que, desde la comodidad de un dispositivo electrónico, buscaban culpables antes de conocer datos confirmados, como si el primer reflejo ante la violencia fuera el cálculo político.
No faltaron las teorías sin sustento, construidas sobre ocurrencias y difundidas como si fueran análisis. Para ese grupo, es más cómodo confirmar sus propias creencias que acudir a especialistas o esperar información oficial corroborada. El ruido reemplazó a los hechos.
En varios estados, algunos gobiernos intentaron minimizar lo ocurrido, lo que expuso a su población a la desinformación; en otros casos, actores distintos exageraron escenarios para generar miedo. Entre la omisión y la estridencia, la ciudadanía quedó atrapada en una tormenta de versiones contradictorias.
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Estos episodios recuerdan la relevancia del periodismo de noticias duras o hard news. En momentos así no hay espacio para filias ni fobias. Informar con datos confirmados, explicar el contexto y evitar especulaciones no es tibieza: es responsabilidad pública. El temple se demuestra cuando la presión aumenta.
Gobiernos y sociedad deben entender que el trabajo periodístico profesional es un contrapeso necesario, incluso cuando incomoda. Aunque financiera, política o socialmente se intente debilitar a los medios, su función es clara: ofrecer información verificable para que la ciudadanía tome decisiones con base en hechos y no en rumores.
En crisis como la del 22 de febrero, esa diferencia puede significar calma en lugar de caos.
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