Por: Dino Madrid
La representación proporcional nació con una idea noble: garantizar que las minorías políticas tuvieran voz, equilibrar la representación, evitar que el ganador se lo llevara todo. Era un mecanismo democrático para construir pluralidad.
Pero como tantas cosas en política, lo que nació como herramienta de inclusión terminó convertido en refugio de quienes no pueden—o no quieren—pedir el voto de frente.
En Hidalgo el ejemplo es tan claro que resulta casi didáctico. Claudia Lilia Luna Islas del PAN y Marco Antonio Mendoza Bustamante se aferran proceso tras proceso a la lista plurinominal. No una vez. No dos. Cada elección, ahí están, asegurados en esa posición que no requiere campaña territorial, que no exige convencer casa por casa, que no depende de que la gente te reconozca y decida respaldarte.
La lista plurinominal debería ser una herramienta excepcional, no un plan de carrera. Pero para algunos políticos se ha convertido exactamente en eso: en la forma de mantenerse en el cargo sin pasar por el riesgo democrático de competir en un distrito.
Porque competir en territorio es otra cosa. Es tocar puertas. Es responder preguntas incómodas. Es que la gente te mire a los ojos y te diga si cree en ti o no. Es exponerse al rechazo. Es depender de que tu trabajo, tu propuesta, tu credibilidad sean suficientes para que alguien marque tu nombre en la boleta.
Eso es lo que hacen los políticos de verdad. Los otros, los que proceso tras proceso se acomodan en la lista pluri, han encontrado el atajo perfecto: representación sin territorio, cargo sin riesgo, salario sin exposición.
Lo que revela esta práctica no es astucia política. Es incapacidad. Porque si tuvieras arrastre, si tu trabajo tuviera peso, si la gente te reconociera y valorara lo que haces, no necesitarías aferrarte a la lista pluri. Te arriesgarías a competir.
Pero cuando sabes que no puedes pedir el voto de frente, cuando entiendes que en territorio la gente no te conoce o peor aún, te conoce y no te quiere, entonces la lista plurinominal se vuelve tu única opción. Y te aferras a ella como náufrago a tabla.
El problema es que ese aferramiento no es solo personal. Es estructural. Cuando los partidos premian la lealtad interna por encima de la capacidad de conectar con la ciudadanía, cuando garantizan espacios a quienes no pueden ganarlos democráticamente, están pervirtiendo el sentido de la representación.
La representación proporcional, tal como la usan ciertos partidos, no sirve para dar voz a minorías. Sirve para mantener el status quo interno. Para garantizar que los mismos nombres se reciclen elección tras elección sin importar lo que diga la gente en las urnas.
Luna Islas y Mendoza Bustamante son ejemplos visibles de una práctica extendida. Políticos que ya no compiten, que ya no se arriesgan, que dependen de negociaciones cupulares y no del voto ciudadano.
El pueblo observa. Ve cómo los mismos nombres aparecen sin haber pasado por el filtro democrático del territorio. Ve cómo la representación proporcional se volvió mecanismo de perpetuación.
¿Qué mensaje manda que los mismos políticos se aferren proceso tras proceso a la lista pluri? “No necesito tu voto. No necesito convencerte. Me basta con quien arma la lista”.
Eso no es democracia representativa. Es simulación.
La gente entiende perfectamente que quien no puede competir en territorio es porque no tiene de qué presumir. Que quien se aferra a la lista pluri sabe que en contienda directa perdería. Que quien hace carrera únicamente por esa vía es porque su trabajo no genera respaldo popular.
Si de verdad queremos democratizar la vida interna de los partidos, hay que poner límites claros.
Nadie debería poder estar más de dos procesos consecutivos en lista plurinominal. Quien quiera seguir en política, que compita en territorio. Que demuestre que puede. Que se arriesgue.
Y si no puede, si no tiene capacidad de pedir el voto de frente, quizá sea momento de aceptar que su ciclo terminó. La política es servicio temporal, no plan de pensión.
Lo que pasa en Hidalgo pasa en todo el país. En todos los partidos. Mientras sigamos permitiendo que la lista pluri sea refugio de quienes no pueden competir, estaremos traicionando el sentido de la representación.
Porque la pregunta es simple: ¿a quién representas si nunca tuviste que pedirle su voto a nadie?
La representación proporcional, tal como la usan algunos, no construye pluralidad. Construye aristocracia partidista.
Nosotros dijimos que veníamos a cambiar eso. Ahora toca demostrarlo: acabando con los pluris eternos y devolviendo la representación a quien debe decidirla: el pueblo.

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