Todo turista invade, si partimos del hecho de que irrumpe en un poblado que habitualmente no es el suyo y se adueña por unas horas, días o semanas de él. Le exige rendírsele a plenitud, atenderlo a cuerpo de rey, consentirle hasta la mínima veleidad o capricho. Le impone enfoques, códigos de comunicación, directrices, prejuicios, conductas que no pocas veces son opuestas a las de los lugareños. Le demanda doblegarse a su ritmo de vida, a sus prisas, a su neurosis, en vez de él adaptarse a la parsimonia local. Todo, para colmo, sin dolor de conciencia. Al fin turista; al fin —y con derecho absoluto de serlo— invasor.
No de otro modo cabría definir al turismo, principalmente al turismo masivo, cuando lo analizamos como fenómeno sociológico: una invasión. Dizque pacífica e incruenta, si así quiere idealizársele; pero en última instancia, invasión. Tolerada, incluso bienvenida con bombo y platillo, tanto que hasta se le prepara un comité de servicios públicos y privados, a guisa de alfombra roja, para agradecer su irruptora presencia. Porque a tal ejército no se le aplica la palabra «invasor» sino la de «turista» o, en el mejor de los casos, el eufemismo de «huésped», aunque por lo regular no traiga entre sus maletas la del respeto elemental hacia el sitio, sea éste turístico o no, del que se apodera.
«Industria sin chimeneas» se le llamaba antes, en tiempos de aquel capitalismo voraz de los años sesenta y setenta. Aparte de falsa, era ésta una metáfora tramposa. Como si el turismo no contaminara también, como si sus emisiones fueran de humo blanco, como si los satisfactores producidos por sus empresas estuvieran exentos de cualquier tipo de polución. Y vaya que las actividades turísticas tienden a romper equilibrios, deteriorar ambientes, destruir paisajes, ensuciar monumentos, corromper identidades. A veces peor que las fábricas más echadoras de gases a la atmósfera, de residuos químico-biológicos a los ríos, o… de chapopote a las playas.
Sí, el turismo es economía fresca, inmediata, imprescindible a un país, pero ha de ser planeado con solvencia, profesionalismo y empatía hacia la naturaleza, la historia y la cultura. Los cuantiosos ingresos que genera no pueden justificar la salvaje alteración del entorno. De ahí la importancia de volverlo comunitario, léase: atento siempre al compromiso que la gente del lugar tiene ancestralmente con su hábitat. Nadie quiere ser despojado del espacio natural, étnico y vecinal que lo identifica y donde está acostumbrado a vivir, aunque le paguen bien por dejarse invadirlo.
¿Con qué objeto emplea un paseante la clásica muletilla «Vengo en plan de turista»? La respuesta es simple: porque al turista, de entrada, no le interesa reflexionar, mucho menos conocer al prójimo y compenetrarse del verdadero yo de una población. Por eso es un turista, no un viajero romántico. Por eso le complace invadir, y si es en hordas demoledoras, mejor. Por eso nunca dejará de ser un simple dígito en las estadísticas de las autoridades turisteras, más pendientes de abultar los informes de gobierno con su cuantofrenia apantallante (número de invasores, derrama monetaria, cantidad de empleos generados, tasa de ocupación hotelera, etc.) que de hacer conciencia en el turista de la responsabilidad social de sus viajes de placer.
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