Sin Protocolo

Lo peor del temporal en Hidalgo está por llegar

Sin Protocolo

Jorge G. Correa
Junio 18, 2026

Las imágenes de los ríos crecidos y los cerros desmoronados sobre las carreteras del estado se han vuelto tan frecuentes que ya casi parecen normales. No lo son. Y lo que viene es más grave.

Hidalgo lleva semanas registrando afectaciones por las primeras lluvias de la temporada: 21 municipios golpeados, 46 caminos dañados, 9 puentes afectados, más de 8 mil metros cúbicos de derrumbes sobre las vialidades estatales.

Todo esto sin que haya llegado todavía la parte más intensa del año. Lo que estamos viendo ahora son las lluvias de apertura. Las del Atlántico —las que históricamente generan los fenómenos más destructivos en la Huasteca y la Sierra hidalguense— apenas están comenzando su temporada.

El problema central no es solo climático: es estructural. La vaguada monzónica de octubre de 2025 dejó daños calculados en más de 8 mil millones de pesos y 28 municipios devastados. Ocho meses después, la reconstrucción avanza, pero no termina.

Los pasos provisionales instalados sobre puentes destruidos son exactamente eso: provisionales. Y las primeras lluvias de 2026 ya los borraron del mapa en varios puntos de Tianguistengo, Nicolás Flores y Tenango de Doria. Comunidades como Chapula quedaron prácticamente inhabitables tras la vaguada. Sus casas dañadas volvieron a quedar bajo el agua este mes de junio. Y aun así, hay familias que se niegan a salir.

Es comprensible y es humano. La tierra donde se nació, la milpa, los animales, los vecinos, la vida construida durante décadas no se abandona fácilmente por decreto. Pero el territorio donde esas familias insisten en vivir ya cambió.

Los ríos no corren igual, los cerros no están donde estaban, y la tierra que alguna vez fue estable ahora se mueve con cada aguacero fuerte. La discusión sobre reubicaciones ha sido torpe desde el principio: las autoridades anuncian nuevos asentamientos, los habitantes los rechazan, y el tiempo pasa sin que nadie resuelva nada. Mientras tanto, las familias permanecen en zonas de riesgo y el siguiente temporal se acerca.

Porque lo que viene en agosto y septiembre es de otra magnitud. Los meses de mayor impacto de la temporada en Hidalgo coinciden con la actividad ciclónica del Atlántico, cuando las ondas tropicales y el aumento de humedad del Golfo de México favorecen la formación de tormentas de gran intensidad.

El pronóstico oficial para 2026 anticipa precipitaciones superiores al promedio histórico. Hidalgo, con su geografía de sierra y barrancas, es uno de los estados más vulnerables de la región centro. Lo que hemos visto hasta ahora —con toda la gravedad que tiene— es apenas el calentamiento.

La pregunta no es si vendrán lluvias más intensas. Vendrán. La pregunta es si las familias que hoy viven en zonas de riesgo estarán fuera de ahí cuando lleguen, y si la infraestructura provisional resistirá o volverá a colapsar ante el primer huracán que cruce el Golfo.

El gobierno estatal ha desplegado maquinaria, ha activado alertas y ha prometido inversión. Pero la velocidad de la reconstrucción no compite con la velocidad del temporal. Y la persuasión, o la negligencia, frente a familias que se resisten a ser reubicadas no puede seguir siendo un asunto que se pospone hasta que ocurra la siguiente tragedia.

Hidalgo necesita una política de gestión de riesgos que anticipe, que convenza y que garantice condiciones dignas en los nuevos asentamientos para que la reubicación sea una opción real, y no una orden que la gente ignora porque no tiene a dónde ir. Las lluvias apenas comenzaron. El reloj no espera.

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