La trascendencia de un discurso

La trascendencia de un discurso

DESDE LO REGIONAL

Raul Arroyo
Enero 26, 2026

Es respuesta clara y contundente, precisa, sin ambigüedades ni estridencia. No fue de la Unión Europea, tampoco de China ni de Rusia; vino de América; lamentablemente no de Latinoamérica sino del norte continental y en voz de uno de los dos  socios comerciales y vecino inmediato del más belicoso.

Se escuchó ahí donde conviven las voces más diversas atrayendo la atención mundial en una pasarela de poder y formas menos rígidas como las de los organismos multilaterales,  escenario tradicional de grandes estadistas y para sus grandilocuentes declaraciones.

Más aun, no era esperada, menos de su autor sobre quien los reflectores no estaban interesados. Solo escucharse las primeras líneas de su discurso su presencia creció, pronto imagen y palabras de Mark Carney eran la nota del día por todo el planeta: “Hoy hablaré de la ruptura del orden mundial, del fin de la grata ficción y del amanecer de una realidad brutal en la que la geopolítica de las grandes potencias no tiene freno.”

Siguió: “Pero sostengo, aun así, que otros países – en particular las potencias medias como Canadá – no están indefensos. Tienen el poder de construir un nuevo orden que integre nuestros valores, como el respeto de los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los Estados.

“Cada día nos recuerda que vivimos en una era de rivalidad entre grandes potencias. Que el orden basado en normas se está desvaneciendo. Que los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben.

“Este aforismo de Tucídides se presenta como inevitable: la lógica natural de las relaciones internacionales reimponiéndose. Y, ante esa lógica, existe una fuerte tendencia de los países a adaptarse para encajar. A acomodarse. A evitar problemas. A esperar que el acatamiento compre seguridad. No lo hará.”

El resto del discurso del premier canadiense no tiene desperdicio, es innecesario buscar entre líneas cuando advierte: permítanme ser directo.  Ahí el valor agregado de su dicho: la puntualidad en lo expresado. Dos citas para ejemplificar:

“Estamos en medio de una ruptura, no de una transición. En las dos últimas décadas, una serie de crisis – financiera, sanitaria, energética y geopolítica – dejó al descubierto los riesgos de una integración global externa”

Otra: “Si las grandes potencias abandonan incluso la pretensión de normas y valores para perseguir sin trabas su poder e intereses, los beneficios del <transaccionalismo> se vuelven más difíciles de replicar. Los hegemones no pueden monetizar continuamente sus relaciones. Los aliados diversificarán para cubrirse la incertidumbre. Comprarán seguros. Aumentarán opciones. Esto reconstruye la soberanía – una soberan+ía que antes estaba anclada en normas -, pero que estará cada vez más anclada en la capacidad de resistir la presión.”

Contundentemente afirma la adaptación de las potencias medias a esta nueva realidad. La pregunta, dice, “es si nos adaptamos simplemente construyendo muros más altos, o si podemos hacer algo más ambicioso.” Ahí la médula del mensaje. El reto, despliegue de imaginación  para enfrentar el futuro inmediato. Luego explicó la ruta de su gobierno, el enfoque y nuevos compromisos:  “nuestra vieja y cómoda suposición de que nuestra geografía y nuestras membresías en alianzas conferían automáticamente prosperidad y seguridad ya no es válida.”

Su propuesta es “crear una densa red de conexiones a través del comercio, la inversión y la cultura, de la que podamos valernos para desafíos y oportunidades futuras”;  con una figura provocadora avisa: “Las potencias medias deben actuar juntas porque, si no estás en la mesa, estás en el menú.

La sentencia final llama a una reflexión seria y profunda, amplia e inclusiva, moderna y con visión de Estado:

“Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, de nombrar la realidad, de construir nuestra fuerza en casa y de actuar juntos.”   

A diferencia de Justin Trudeau, su carismático y joven antecesor, cuyo prolongado gobierno marcó hacia su final el ofensivo tratamiento en Mar-a-Lago de “gobernador del estado de Canadá”; Carney con sus sesenta años y apenas elegido en marzo de 2025 por el 86% de votos, es la persona más atractiva y de mejores ideas en Davos, refiere Soledad Gallego-Díaz (El País 25/01/26); un discurso le bastó para  mostrarlo hombre de Estado.   

El discurso del economista recuerda a otro estadista, abogado él, Felipe González. En diversos espacio y motivo, coincidió con salero andaluz: “El mundo anda revuelto, pero la verdad es que es poco el tiempo en que ha andado de una manera distinta.” (Geopolítica del español, Espasa, Barcelona 2025)

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