…esto, lo otro y lo de más allá. Lo doméstico, lo laboral, lo académico, lo científico, lo político, lo artístico, lo deportivo, lo religioso. Campos donde ella ha saltado de ser la nulidad absoluta, la pura decoración o la anécdota eventual, al protagonismo pleno, aunque éste no exento todavía de explícita o implícita desigualdad. De todo ello, principalmente en fechas tan significativas como el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, se ha discurseado hasta la náusea o se ha consumido tinta a raudales, no siempre, sin embargo, con el rigor analítico que sería deseable. Van ahora de mi parte tres enfoques más.
Primero, el lenguaje. Tan espinoso asunto suele enfocársele, casi en su totalidad, a volverlo inclusivo (es decir, el mal llamado «lenguaje de género», como si lo masculino no fuese también un género), incluso a riesgo de caer en estropicios o aberraciones lingüísticas, tipo «jueza» o «miembra». Hay, sin embargo, otros ángulos poco meditados, como el de la paremiología; ¡y vaya si sobra tela machista, estigmatizante y discriminatoria de dónde cortar en él! A quien interese el tema le sugiero leer La que de amarillo se viste… La mujer en el refranero mexicano, de Ángeles Sánchez Bringas y Pilar Valles (México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2008).
Segundo, la literatura. Ni duda cabe: en la poesía, el cuento, la novela, el ensayo y ciertos géneros periodísticos (reportaje, entrevista, columna de opinión), sobran ejemplos de excelente autoría femenina. No ocurre así en esa deliciosa corriente literaria que es la crónica de viajes. Sí, tenemos dos magníficos garbanzos de a libra: La vida en México, de la marquesa Calderón de la Barca, y Un viaje a México en 1864, de Paula Kolonitz, pero son excepciones a la regla en la vastísima bibliografía de escritores andariegos. Además, ambas son foráneas. ¿Alguien podría citarme a mexicanas de los siglos XIX y XX que hayan redactado y logrado publicar sus impresiones viajeras? No, por una sencilla razón: las excursiones eran entonces privilegio exclusivo de los hombres, o éstos, en el menos ninguneante de los casos, jugando el papel de simples protectores de sus esposas e hijas.
Tercero y último, la música popular. Por supuesto, alabo que haya rockeras, jazzistas, huapangueras, mariachis femeninos, etc., y las apoyo de modo consciente en sus vocaciones expresivas y de divulgación, pero me mueve mucho el tapete que se les impida participar en algunas agrupaciones de músicos tradicionales. Pongo por único ejemplo el de las bandas de viento. Salvo las oaxaqueñas, el resto de bandas indígenas de la república excluyen a quienes no son varones. Si eso se debe a la muletilla de los manoseados «usos y costumbres», ¡de lo que nos estamos perdiendo en el país como patrimonio sonoro e identidad comunitaria!
Territorios de batalla, sobran. Combatir ellas en ellos, los expande y enriquece. Abrir más espacios a lo femenino, valida su derecho irrenunciable a trascender como mujeres. Y una estrategia, así sea mínima, de luchar contra la violencia hacia la mitad más uno del género humano, es también la cultura. Esa deseada, necesaria, bienvenida cultura con bilé.
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