Nunca fui fan de la llamada “nueva canción latinoamericana”, de moda en mis ahora remotos ayeres universitarios de los años setenta. Disfrutaba, sí, de uno que otro tema cuyo mensaje me sacudía fibras muy internas, como Gracias a la vida, de Violeta Parra (el cual, a la fecha, cuento entre los himnos que me describen existencialmente); pero lo que odié siempre fueron las actitudes intelectualoides asumidas por sus intérpretes (a quienes desde entonces se les endilgó ese horrible terminajo, hoy todavía en boga, de cantautores). ¡Cuánta cara agria, cuánto epíteto de conservador recibí de colegas míos en la Universidad al oírme que tachaba de panfletarias, no sólo las letras sino igualmente las altivas poses de aquellos que se sentían guerrilleros de la música!
Salvo casos excepcionales y loables, tipo mi paisana tamaulipeca Judith Reyes y mis queridas amigas la queretano-guanajuatense Tehua y la sinaloense Amparo Ochoa, opuestas al modelo de soberbia e hipocresía tan común en el medio del estrellato, sentía yo un rechazo instintivo hacia un Facundo Cabral (pese a gustarme su No soy de aquí, ni soy de allá), un Óscar Chávez (pese a reconocerle el mérito de también haber cantado canciones populares de México), un Pablo Milanés y un Silvio Rodríguez (pese a lo bien lograda, musicalmente hablando, que era su Te doy una canción, no obstante la última copla de tinte politiquero que demeritaba la valía lírica de las demás estrofas).
Silvio, el figurón de la agónica trova cubana, idolatrado hasta el exceso por mi camada generacional, vuelve a ser noticia ahora. No acababa de pedirlo en su página web (dichoso él que la tiene en un país donde el internet de uso personal está, por decir lo menos, acotado) cuando al día siguiente las autoridades le entregan oficialmente un fusil AKM, de fabricación rusa, para que, si llega a necesitarlo, defienda a su patria de una casi inminente intervención de Estados Unidos. No hubo notas musicales en tal ceremonia, quizá porque las glorias del arte melódico duermen al arrullo de doña nostalgia o porque la señora Euterpe es una musa ya obsoleta; pero eso sí, no faltó el verde olivo militar en el ropaje de todos los (al parecer ni una mujer asistió para agregarle “y las”) presentes.
Trocar la guitarra y la voz denunciante por el fusil y el traqueteo de las balas puede leerse de muchas maneras, según quien lo practique. ¿Qué habría dicho de un acto así nuestra Judith Reyes, tan honesta consigo misma, tan reacia a los reflectores, tan comprometida con las luchas sociales, y quien, a diferencia de Silvio Rodríguez, apoltronado siempre en el diván de la fama, ella sí llegó a pisar la cárcel por haber compuesto piezas combativas? ¿Qué tanto de vieja farándula trasnochada puede evitarse en un rito de proselitismo ideológico como el ocurrido apenas hace dos días en la Habana?… Por mi parte, no hallo otras preguntas que hacerme para seguir con mi quisquillosidad hacia una corriente musical con la que jamás logré empatizar totalmente. Y eso que soy —y seré hasta morir— un melómano abierto y empedernido
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