Enrique Rivas columna Vozquetinta

Enrique Rivas

“La aventura de leer”

VOZQUETINTA

Enrique Rivas Paniagua
Enero 4, 2026

—¿Comillas en el título de uno de tus artículos, Enrique? ¿Tú, el exigente editor de libros, el puntilloso corrector de estilo, el que refunfuña de los entrecomillados excesivos? ¿Pues qué mosco te picó, o qué comiste en la cena de año viejo que te hizo daño? ¿Así empiezas 2026, rompiendo tus propios usos y costumbres?

—No me contradigo. “La aventura de leer” es la razón social de una de tantas librerías de viejo situadas en el Centro Histórico y la colonia Roma-Hipódromo-Condesa de la ciudad de México. De ahí las comillas, equivalentes a una cita textual.

—¿Algún motivo especial para tal elección?

—Pude haberlo titulado “A través del espejo”, “Ático”, “El mercader de libros”, “Hermanos de la hoja”, “La torre de Lulio”, “Los iniciados”, “Teorema” o “Un mundo feliz”, que también son nombres de ese clan de librerías; pero seleccioné aquél por lo que siempre ha significado para mí entrar en tales bazares: una aventura.

—¿Y de veras te aventuras en ellas? Suena como si te metieras a una selva.

—Ni duda cabe: son lugares selváticos. De entrada, por lo caótico y tupido del follaje y el calorcillo que éste produce. También, por los aromas que recibes al esculcar un librero, tomar cierto ejemplar y aspirar a plenitud su hojarasca. Hasta te sudan las manos de emoción. Es como si descubrieras una especie nueva o una variedad de planta que ignorabas o que dabas por perdida, y te la llevas a casa como niño con juguete nuevo para sembrarla en tu jardín botánico, aquel paraíso que llamas biblioteca.

—¿No corres riesgos? ¿No temes extraviarte?

—A eso voy: a extraviarme, a perderme en sus laberintos. Si no, ¿qué chiste tendría?, ¿dónde estaría la aventura? Nada se compara al placer de volver después a la selva de asfalto y sentir que valió la pena haberte arriesgado a expedicionar por la selva de tinta.

—¿Te ocurre igual cuando visitas las ferias del libro? Digo, porque ahí…

—Ahí es diferente. Me agradan, pero les falta el encanto aventurero. Son demasiado uniformadas, ordenaditas, casi impecables. Su formalidad me hace creerme en un museo elegantioso, donde hasta para tocar los objetos debo pedir permiso. Además, los vigilantes (o sea, los vendedores) te empiezan a ver con ojos de pistola cuando te pasas más de una hora revisando (y de paso, leyendo a detalle) un mismo libro, con mayor razón si al cabo optaste por no comprárselos. Prefiero mis correrías por las librerías de ocasión: sin prisa alguna, sin presiones de nadie, en absoluta libertad de salirme de ellas, si quiero, con las manos vacías. Ah, pero eso sí: bien leído.

—¡Ay, Enrique, tú y tus caprichitos de consumidor de libros! Mejor debiste haber elegido “Un mundo feliz” como título de tu columna de hoy.

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